Fernando Bonforti, docente de la ciudad de Campana y director de la consultora FB Educación & Gestión, plantea en esta columna de opinión una reflexión sobre el lugar que hoy ocupa la escuela frente a los desafíos sociales actuales y las decisiones públicas que atraviesan su tarea cotidiana.
En un contexto de políticas intermitentes y decisiones fragmentadas, la escuela quedó ocupando un lugar que no le corresponde: el de sostener lo que el Estado no garantiza de manera continua. Más que un problema educativo, es una definición política con alto costo pedagógico.
Hay lugares donde el Estado llega tarde, llega mal o directamente no llega. En muchos territorios, ese vacío no lo ocupa una oficina pública ni una política sostenida en el tiempo: lo ocupa la escuela. No por decisión propia, sino por necesidad.
En la Argentina real, la escuela dejó hace tiempo de ser solo un espacio de enseñanza. Se transformó en comedor, en espacio de contención, en lugar de escucha, en red de cuidado y, muchas veces, en el último sostén institucional que permanece activo cuando otros dispositivos se retiran o se diluyen. Este dato incomoda porque rompe con la idea de la escuela como burbuja pedagógica. Pero negarlo no lo vuelve menos real.
Cuando lo social entra todos los días al aula
En muchas escuelas, especialmente de gestión estatal, la tarea pedagógica convive cotidianamente con demandas que exceden largamente la enseñanza: problemas de alimentación, situaciones de violencia, conflictos familiares, consumos problemáticos, salud mental, ausencias reiteradas y trayectorias educativas frágiles.
La escuela no elige ese rol ampliado. Lo asume porque no hay otro actor estatal que llegue de manera sostenida. Cuando una política social se interrumpe, cuando un programa no continúa o cuando una respuesta no llega, la escuela queda sola frente a la demanda. Y, aun así, se le sigue exigiendo que enseñe como si nada de eso existiera.
Enseñar en contextos que desbordan
Pretender que la enseñanza se desarrolle de la misma manera en contextos tan distintos es una forma de desconocer la realidad. Enseñar cuando hay hambre, cuando hay violencia o cuando la vida cotidiana está atravesada por la urgencia no es lo mismo que enseñar en escenarios más estables.
Esto no habla de compromiso docente ni de vocación institucional. Habla de condiciones. Sin embargo, el discurso público suele elegir otro camino: medir resultados sin contexto, comparar escuelas sin analizar realidades y responsabilizar a quienes están más expuestos del sistema.
Así, la escuela termina pagando el costo de problemas que no generó.
La paradoja de la exigencia
Aquí aparece una paradoja difícil de sostener. A la escuela se le exige cada vez más: que enseñe, que contenga, que incluya, que alimente, que cuide, que resuelva conflictos sociales complejos. Pero, al mismo tiempo, se la deja cada vez más sola.
Cuando las políticas públicas se fragmentan y la presencia estatal se vuelve intermitente, la escuela queda como último refugio. Y, aun así, se la evalúa como si contara con todas las herramientas necesarias. No es exigencia: es abandono encubierto.
La política y la escuela
Este escenario no es casual. Es político. No en términos partidarios, sino en el sentido más profundo: como decisión sobre qué se sostiene y qué no. La escuela aparece y desaparece en la agenda según cómo la política decide mirarla.
Hay momentos en los que la educación es prioridad discursiva y otros en los que vuelve a quedar sola, sosteniendo lo que no se resuelve en otros niveles del Estado. Anuncios sin continuidad, programas que comienzan y se diluyen, diagnósticos que no se transforman en decisiones estructurales.
La escuela, en cambio, no puede interrumpirse. Abre todos los días. Recibe demandas crecientes y sostiene trayectorias frágiles. No elige cuándo estar: está siempre.
Por eso, el problema no es la falta de discurso sobre educación, sino la ausencia de una política educativa consistente. La escuela no necesita ser nombrada una y otra vez; necesita ser respaldada con decisiones que se sostengan en el tiempo, más allá de los cambios de gestión o de las prioridades coyunturales.
El rol de los equipos directivos
En este contexto, conducir una escuela se vuelve una tarea especialmente compleja. Los equipos directivos no solo deben sostener lo pedagógico, sino también gestionar lo social, articular con redes que muchas veces no funcionan y contener a docentes que trabajan bajo alta presión emocional.
Dirigir una escuela hoy no es una función administrativa. Es una tarea política en el sentido más concreto del término: decidir todos los días cómo sostener una institución que carga con demandas que exceden su función original.
Sin formación específica, sin acompañamiento y sin respaldo estatal, esa conducción se transforma en administración de urgencias.
Cuando la escuela reemplaza al Estado
La pregunta incómoda es inevitable: ¿hasta cuándo la escuela va a seguir ocupando el lugar de un Estado ausente o intermitente?
Porque cuando la escuela se convierte en el último sostén, algo falló antes. Falló la política social, falló la articulación territorial y falló la planificación de largo plazo. Naturalizar este escenario es peligroso, porque convierte el esfuerzo cotidiano de las escuelas en costumbre y el abandono estatal en norma.
Recuperar el sentido
Reconocer el rol social de la escuela no implica resignarse a que lo haga todo. Implica, justamente, lo contrario: exigir que el Estado asuma su responsabilidad y deje de delegar en la escuela tareas que no puede ni debe resolver sola.
La escuela puede y debe enseñar. Puede acompañar, incluir y cuidar. Pero no puede reemplazar al Estado sin pagar un costo pedagógico enorme.
Mientras la escuela siga siendo el último sostén, la desigualdad seguirá entrando todos los días por la puerta del aula. Y mientras eso ocurra, cualquier discusión sobre calidad educativa que ignore este dato será incompleta.
La escuela no falla cuando no alcanza. Falla el sistema cuando la deja sola.
Fernando Bonforti



