jueves, febrero 26, 2026
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El UPD en la mira, pero, ¿y el contexto?

Año tras año el festejo del Último Primer Día del secundario (UPD) parece ser noticia por las situaciones de riesgo a las que muchas veces quedaron expuestos sus protagonistas. Nuevamente se acerca el día y todas las miradas están sobre los adolescentes. Pero seguimos negándonos a ver el contexto que antecede al problema visible.

¿Las consecuencias son responsabilidad solamente de los adolescentes? ¿Y los adultos? ¿Qué contexto creamos? En 10 años de charlas ligadas a consumos problemáticos no encontré a ningún adulto que me diga que está de acuerdo con que a los adolescentes en edad escolar concurran a eventos donde puedan vivir situaciones de riesgo.

Así y todo, la mayoría de los padres, madres o tutores, respiramos profundo y cedemos por miedo, ¿pero qué miedo puede ser más grande?

Entonces escuchamos cosas como:

– “Tengo miedo a que mi hijo se enoje y sea peor”.

– “Quiero que se avive temprano” (olvidando su vulnerabilidad).

– “Me dice que es el único que va a quedar afuera” (Anécdota: En una charla que di para “padres” de un colegio, todos los presentes se dieron cuenta que habían caído ante el mismo discurso).

Evitando conflictos en casa, cedemos a habilitar distintos escenarios, como por ejemplo salidas nocturnas donde no existen límites claros entre menores y adultos, gaseosas y alcohol. Esto incluiría desde algunas supuestas matinés, fiestas para recaudar fondos para viajes de egresados, fiestas privadas y previas en las propias casas.

En esta encrucijada de la vida, los adultos hacemos lo que podemos… Así, lamentablemente acuñamos algunos mitos como que es más “barato” y “sano” permitir que consuman alcohol “de calidad” en casa. Empezando a naturalizar las previas con alcohol como una ilusoria medida de cuidado. Falso. El problema fue que los adultos no tuvimos algunos detalles en cuenta:

-Transformamos una transgresión esporádica en una costumbre habilitada, y lo que empezó como una travesura de conseguir una botella de alcohol entre varios amigos, pasó a ser una rutina de muchas botellas, preferentemente de alta graduación alcohólica que aprenden a tolerar su sabor disfrazándolo con jugos (porque en la mayoría de los casos ni siquiera les gusta). Y todo facilitado por uno o más adultos que compran, habilitan, venden o miran hacia otro lado. En este juego donde todos pierden, el alcohol queda asociado a lo festivo y al escape del malestar de la vida. Lamentablemente no nos explicaron a tiempo que el cerebro adolescente se acostumbra negativamente a los efectos de las sustancias. Tampoco nos hablaron de que las personas nos sentimos valiosos y amadas cuando nos ponen límites que evitan que nos hagamos daño (¡cómo cuidar un auto de lujo!).

Evitando el enojo perdimos de vista la importancia de decirles lo valiosa que es su vida y que estamos cuando nos necesitan (y nada mejor que demostrarlo en actos). Y ¡sí, se van a enojar, claro! No nos van a hablar como por dos días, pero poner un límite al daño les reafirma lo valiosos que son.

 

Lo imperdonable en toda esta confusión es que los adultos no terminamos de entender la responsabilidad que tenemos: Somos faro. Por miedo, nos volvimos algo que nunca quisimos, nos volvimos “negligentes”. Pensamos que ellos, con su autocontrol en desarrollo tienen que hacerse cargo de saber tomar todas las buenas decisiones cuando, en esta sociedad viralizada, escasean los buenos ejemplos, y les enseñamos a tapar vacíos y miedos con altas dosis de dopamina en pantallas, y consumos que sirven en bandeja OTROS ADULTOS, los que ganan dinero vendiendo entradas, alcohol, sustancias, apuestas, videitos de colores… e incluso, vendiéndolos a ellos.

En resumen, a los adolescentes les toca transgredir y a los adultos ser faro en el camino hacia su adultez, es decir ser ejemplo y marca a transgredir.

Los adultos (padres, dueños de negocios y autoridades) SOMOS RESPONSABLES de facilitar el acceso a todo lo que llega a nuestros adolescentes menores de edad (alcohol, pirotecnia, apuestas, sustancias, etc.)

Es decir, si llegó es porque la cadena de responsabilidades se rompió, se violaron leyes que los protegen de sus consecuencias.

¿Cómo enseñamos a los niños y adolescentes a ser responsables si nosotros no estamos pudiendo? Estamos naturalizando que se vulneren sus derechos: nos tranquiliza saber que a los 15 “ya sabe tomar”, respiramos aliviados porque “volvió entero/a” o “no pasó a mayores” y agradecemos al cielo que no haya sido el que salió en las noticias a la mañana siguiente.

Llamémoslo UPD, fiestas de cursos, promociones, matinés, previas en casas. Ese no es el problema, el problema es seguir negando que algo del contexto anda mal. Necesitamos que la familia actúe a tiempo y que la sociedad esté presente.

Como adultos nos equivocamos todos los días, pero las consecuencias están sobre ellos. Pasada la adolescencia, muchos jóvenes reflexionan acerca de haber recibido mensajes contradictorios durante su niñez y adolescencia.

El problema no es que salgan a festejar, bailen y hagan mucho ruido. El problema comienza antes, cuando los adultos déjanos de preguntarnos ¿para qué? y nos olvidamos de darles su lugar y garantizarles espacios donde se respeten sus derechos.

Seamos adultos, que amigos tendrán de sobra.

Lic. Nadina Rocco Marvin Psicóloga

MN 85680

MP 20864

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