La Clínica Veterinaria Labarthe cumple 40 años de historia, trabajo y vocación al servicio de las familias y sus mascotas. Lo que comenzó como un sueño impulsado por el amor por los animales es hoy un lugar de referencia en la ciudad, construido con compromiso, profesionalismo y un fuerte vínculo con la comunidad.
En esta oportunidad, 2804 Informa conversó con Eduardo y Bruno Labarthe, protagonistas de este recorrido familiar y profesional, para conocer los inicios del proyecto, los desafíos atravesados, las historias que marcaron el camino y la emoción de celebrar cuatro décadas acompañando vidas y afectos.

Eduardo comenzó a gestar esta idea hace 40 años, aunque el sueño de la clínica veterinaria se había iniciado mucho antes. Desde chico sentía una conexión profunda con los animales y comprendía que ese vínculo podía convertirse en su vocación, y así fue.
“Ser veterinario es mi vida. Siempre supe que era mi vocación, marcada desde la infancia por el vínculo con los animales y por haber crecido en una familia donde las mascotas siempre estuvieron presentes. Muchas veces, los animales brindan lo que las personas no siempre pueden: incondicionalidad y gratitud. Hoy, después de 40 años de profesión, sigo convencido de que elegí el camino correcto”, expresa.
En noviembre de 1985, la Clínica Veterinaria Labarthe abrió por primera vez sus puertas en un local ubicado sobre la calle Estrada, casi Belgrano. Los comienzos fueron modestos y atravesados por el esfuerzo familiar: una mesa de examen construida por su padre y una lámpara que, según recuerda Eduardo, había sido rescatada de una vivienda marcaron aquellos primeros días. Fue allí donde la historia comenzó a tomar forma y donde toda la familia se puso la clínica al hombro.
Con trabajo constante, la veterinaria comenzó a crecer rápidamente. “Arrancamos en un local que nos alquilaban unos amigos; luego nos mudamos a una cuadra, a la esquina de Varela y Estrada, y más tarde logramos tener nuestro espacio propio, que es donde estamos hoy, en Varela 565. Fueron años de muchísimo esfuerzo; incluso mi madre nos ayudaba de manera permanente”, recuerda Eduardo.
La clínica fue también un espacio de vida familiar. “Compartí con los chicos toda mi profesión; siempre estuvieron en la veterinaria, era nuestro lugar de encuentro. Más allá de tener colaboradores externos, este es un negocio familiar”, explica.
Ese mismo espíritu se expresa en el lazo construido con quienes confían en la clínica desde hace décadas. “Acompañamos a familias enteras: hay personas que son pacientes desde nuestros comienzos y hoy atendemos a sus hijos con sus propias mascotas”, señala Eduardo, reflejando una historia que se fue tejiendo con el paso del tiempo, basada en la cercanía, la continuidad y la confianza mutua.

A lo largo de estas cuatro décadas de trabajo, la Clínica Veterinaria Labarthe no solo acompañó nacimientos, procesos de recuperación y momentos de alegría, sino también situaciones de profunda sensibilidad para las familias. La despedida de una mascota constituye una de las instancias más difíciles para quienes comparten su vida con un animal: no se trata solo del cierre de una etapa, sino de la pérdida de un compañero cotidiano, parte del hogar y de la historia familiar. En esos momentos, el rol del veterinario trasciende lo estrictamente profesional y se convierte en un acompañamiento humano, sustentado en el respeto, la contención y la empatía.
“Ese momento es muy duro, tanto para el tutor como para nosotros, los veterinarios, porque no es fácil ocupar ese lugar. Pero cuando se pone en la balanza la calidad de vida y el sufrimiento del animal, es necesario reunir toda la fortaleza para afrontar esa situación. Es un duelo que atraviesa a toda la familia. Han sido muchas las situaciones tristes, pero como veterinario considero que no siempre es justo esperar hasta el último momento de sufrimiento, especialmente cuando se trata de un animal que tuvo una vida feliz y fue cuidado.
A pesar del dolor y de la tristeza que implica perder a una parte de la familia, muchos tutores expresan que será la última vez; sin embargo, al poco tiempo vuelven a abrir su hogar a otro animal, porque no es fácil llegar a casa y no encontrar a nadie que te reciba, te salude y celebre tu llegada”.
Esa misma mirada responsable y comprometida que se expresa en los momentos más difíciles es la que sostiene el ejercicio cotidiano de la profesión. Para Eduardo, la veterinaria es un camino de aprendizaje permanente, que nunca termina.
Aun después de cuatro décadas de trayectoria, la formación continua, la actualización y el perfeccionamiento siguen siendo pilares centrales de su vocación, con la convicción de que cada avance, cada nuevo conocimiento y cada herramienta incorporada se traducen directamente en una mejor calidad de atención y en el bienestar de los animales y de sus familias.
“Creo que el secreto del éxito en cualquier profesión radica en la formación permanente, la capacitación continua y la inversión en tecnología, ya que el conocimiento y las herramientas avanzan de manera constante y es necesario mantenerse actualizado”, afirma.
A lo largo de estas cuatro décadas de ejercicio profesional, Eduardo fue testigo de una transformación profunda en la manera en que las familias se vinculan con sus mascotas. Lo que antes, en muchos casos, era un animal relegado al patio, hoy se concibe como un miembro pleno del hogar, con espacios compartidos, cuidados específicos y una presencia cotidiana dentro de la casa. Este cambio de paradigma no solo modificó la dinámica familiar, sino también la forma de entender el cuidado, la salud y el bienestar animal.
“Hoy los animales son considerados un miembro más de la familia y conviven dentro del hogar con todos; incluso, en algunos casos, comparten la cama. Esta realidad también define una de nuestras funciones como veterinarios: educar y orientar. Más allá del cuidado individual de cada animal, es fundamental abordar la salud pública, ya que al convivir de manera tan estrecha con las mascotas también compartimos diversas enfermedades, un aspecto clave a tener en cuenta desde la salud pública”, explica.
Con la misma pasión que lo impulsó a dar sus primeros pasos en 1985, Eduardo mira hacia el futuro con un objetivo claro: seguir creciendo, perfeccionándose y actualizándose, para acompañar la evolución constante de la medicina veterinaria. En ese proceso, el trabajo conjunto con su hijo Bruno marca una nueva etapa, que combina experiencia, continuidad y proyección.
En el plano personal, Eduardo se manifiesta agradecido y profundamente satisfecho por haber alcanzado cuatro décadas de ejercicio profesional, plenamente consciente del camino recorrido y del vínculo construido a lo largo de los años con generaciones de familias y sus mascotas. Una trayectoria marcada por la vocación, el aprendizaje constante y un compromiso inalterable con el cuidado de la vida, que sigue proyectándose hacia el futuro.



