miércoles, marzo 4, 2026
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Marzo vuelve a empezar, las preguntas también

Columna de opinión del Lic. Fernando Bonforti, consultor en gestión educativa y especialista en organización y planificación institucional, quien reflexiona sobre el inicio del ciclo lectivo y cómo, más allá del calendario y la coyuntura, este vuelve a exponer las fragilidades estructurales del sistema educativo y las tensiones no resueltas que atraviesan a la escuela año tras año.

El ritual del comienzo

Marzo no es solo el mes en que comienzan las clases. Es, sobre todo, el momento en que el sistema educativo vuelve a mostrar sus costuras. Aquellas que durante el resto del año se intentan disimular con anuncios, parches presupuestarios y discursos tranquilizadores. Cada inicio del ciclo lectivo funciona como una radiografía: deja al descubierto problemas persistentes, viejos debates sin resolver y una fragilidad estructural que ningún acto formal logra ocultar.

La escena se repite. Mochilas nuevas, guardapolvos planchados, familias reorganizando rutinas y un Estado que anuncia el inicio de clases como si se tratara de un trámite administrativo más. Sin embargo, la educación no empieza cuando suena un timbre ni cuando se fija una fecha en el calendario escolar. Empieza cuando existen condiciones reales para enseñar y aprender. Y ahí es donde el ritual de marzo vuelve a chocar con la realidad.

Empezar no es garantizar

Abrir las puertas de las escuelas no garantiza que la escuela funcione. Para que el ciclo lectivo sea algo más que una formalidad se necesitan docentes con salarios que no se licúen mes a mes, edificios en condiciones, cargos cubiertos a tiempo, planificación pedagógica sostenida, equipos directivos acompañados, comedores escolares funcionando y políticas públicas que no dependan de la urgencia ni del parche.

Cuando esas condiciones no están, el inicio de clases se convierte en una puesta en escena frágil, sostenida más por la vocación de quienes trabajan en las escuelas que por una decisión política firme. El sistema se apoya en el compromiso individual para compensar ausencias estructurales, y esa lógica se repite año tras año sin que se discuta su límite.

Quienes caminamos escuelas sabemos que el comienzo de clases rara vez se parece a los comunicados oficiales. Lo que se vive puertas adentro es incertidumbre, improvisación y una sensación de arrastre: problemas que no nacen en marzo, pero que llegan a marzo sin haber sido resueltos.

El conflicto que no aparece de golpe

En ese contexto, el conflicto docente —y la posibilidad de medidas de fuerza— reaparece casi como un reloj que marca siempre la misma hora. Conviene decirlo sin rodeos: el paro no es la causa del problema, es uno de sus síntomas más visibles. No se trata de una reacción intempestiva ni de una decisión aislada, sino de la expresión de demandas que se postergan sistemáticamente.

Salarios que pierden frente a la inflación, condiciones laborales deterioradas, falta de inversión sostenida y promesas que se repiten sin traducirse en cambios estructurales conforman un escenario que se vuelve insostenible cada comienzo de ciclo. El conflicto no irrumpe: se acumula. Y marzo lo expone.

Reducir el debate educativo a la pregunta de si hay o no hay clases es un error recurrente y funcional. Ese planteo corre el foco del problema y lo desplaza hacia el último eslabón de una cadena mucho más larga. Cuando el conflicto se repite todos los años en el mismo momento, algo está fallando antes.

Una discusión mal planteada

La discusión de fondo debería ser otra: qué escuela empieza y en qué condiciones. Porque una escuela que abre sin resolver sus problemas estructurales empieza, sí, pero empieza mal. Empieza condicionada por la precariedad, por la urgencia y por la naturalización de un funcionamiento que luego se arrastra durante todo el ciclo lectivo.

No se trata de tomar partido de manera automática ni de buscar culpables individuales. Se trata de asumir que el inicio del ciclo lectivo es un hecho profundamente político. No en el sentido partidario, sino en su dimensión más profunda: expresa prioridades, decisiones y ausencias del Estado.

Cada escuela que comienza el año sin calefacción, cada cargo que queda vacante durante semanas, cada suplencia que no llega a tiempo y cada docente que debe multiplicar horas para llegar a fin de mes habla de un modelo educativo que se sostiene más por la voluntad individual que por una política pública consistente.

Lo local no es una excepción

Esta realidad no ocurre en un territorio aislado. En la mayoría de las escuelas del país, el inicio del ciclo lectivo está atravesado por dificultades que rara vez ocupan los discursos oficiales. Campana no es ajena a esa realidad. Problemas de infraestructura que se resuelven tarde o a medias, obras que no llegan a tiempo, cargos sin cubrir, equipos docentes sobrecargados y familias que deben reorganizar su vida cotidiana forman parte del inicio real del ciclo lectivo, aunque no siempre se diga.

El relato de normalidad convive con una práctica cotidiana mucho más compleja. Y esa distancia entre lo que se dice y lo que sucede es, quizás, uno de los rasgos más persistentes del sistema educativo.

Prioridad en el discurso, urgencia en la práctica

La educación suele ser proclamada como prioridad, pero pocas veces tratada como tal en la práctica. Priorizar implica anticipar, planificar, invertir y sostener políticas en el tiempo. No alcanza con celebrar el primer día de clases si el resto del año transcurre en estado de emergencia permanente.

Tampoco alcanza con responsabilizar a un solo actor de un problema que es sistémico y acumulativo. El funcionamiento precario no es una excepción ni una falla aislada: es el resultado de decisiones postergadas, de recursos insuficientes y de una lógica que administra conflictos en lugar de resolverlos.

Salir de los lugares comunes

También es necesario abandonar los lugares comunes que empobrecen el debate. Ni idealizar a los docentes ni demonizarlos. Ni negar los conflictos ni utilizarlos como herramienta de disputa coyuntural. La escuela es un espacio atravesado por tensiones sociales cada vez más profundas: desigualdad, pobreza, fragmentación y sobrecarga de demandas.

Exigirle que funcione como si nada de eso existiera es desconocer su realidad cotidiana. Y cargar sobre la escuela responsabilidades que exceden sus posibilidades sin garantizarle condiciones mínimas es una forma silenciosa de abandono.

Marzo como balance, no como maquillaje

Marzo debería ser algo más que un punto de partida. Debería ser un momento de balance. Un momento para preguntarnos por qué, año tras año, las mismas tensiones reaparecen. Por qué el inicio del ciclo lectivo sigue siendo una carrera contrarreloj. Por qué la educación parece estar siempre empezando, pero nunca terminando de consolidarse como una política de Estado previsible y sostenida.

Hay algo profundamente contradictorio en celebrar el comienzo de clases mientras se normaliza que ese comienzo sea incierto. En pedirle a la escuela que contenga, incluya y eduque, mientras se le niegan las condiciones mínimas para hacerlo. En exigir resultados sin garantizar procesos.

Tal vez el mayor problema no sea que las clases no empiecen un día determinado. El problema es que, cuando empiezan sin condiciones, se legitima un funcionamiento precario que después nadie se hace cargo de revertir. Y mientras la discusión pública se concentra en el calendario, se vuelve a perder de vista lo esencial: la educación no se inaugura en marzo. Se construye todo el año. O no se construye.

Lic. Fernando Bonforti
Consultor en gestión educativa y estrategia pedagógica
Especialista en organización y planificación institucional

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