El 9 de abril de 1917 Gardel, Razzano y el Negro Ricardo se trasladan temprano a la tarde a un misterioso lugar en la calle Cangallo: un depósito. Entran como con desconfianza, un poco justificado por el polvo acumulado en el lugar, un sitio de maderas y latas de películas cinematográficas, donde un extraordinario personaje, el señor Max Glucksman, los ha convocado.
Es que en esa vieja casa ocupan los elementos en depósito, especialmente las películas que Glucksman presenta en sus salas cinematográficas. Acaba de instalar hace poco tiempo un rudimentario Estudio de Grabación fonográfica para los discos que edita marca “Nacional Odeón” y ese día, sin más trámites, registran dos interpretaciones: “Cantar Eterno”, producción tardía del gran Ángel Villoldo, y “Entre Colores”, una cifra que canta Razzano solo; y es el primer disco editado del dúo. José González Castillo ha sido quien indicó a Glucksman que contrate a los cantores.
Tras ese primer disco graban muchas canciones más, sin por eso interrumpir sus actividades escénicas ni sus giras. El 27 de mayo de 1917 la actuación en la sala de teatro Empire se interrumpe, pese al señalado éxito del dúo, a causa de que Carlos, tras justificada vacilación, acepta actuar como intérprete en una película del Cine Argentino que dirige un intelectual de prestigio, el dramaturgo Francisco Defilipis Novoa, y se trata de la adaptación de una novela muy leída del novelista Gustavo Martínez Zuviría, quien firma con seudónimo de Hugo Wast.
El título es “Flor de Durazno”, una historia rural que se filmó en Dolores, provincia de Córdoba. Las protestas de Razzano por su intervención en la cinta todavía se escuchan cuando el dúo reaparece en el Empire. Claro que más tarde, aun cuando el área de sus andanzas se extendió muchísimo, Carlos no dejaba de frecuentar la calle Corrientes, en cuyos bares conoció a toda clase de gente y no pocos futuros artistas o escritores.
Conoció entre ellos a un poeta arrabalero ubicuo y fantasmal, muchas veces corrido por el hambre que su delgadez no le permitía disimular demasiado: Pascual Contursi, el poeta que fatigaba sus piernas en empecinadas recorridas de café en café. A Carlos lo movía una incansable curiosidad por el ser humano y en él había encontrado cualidades que le gustaban.
Hubo algo que lo acercó: predicantes invertebrados del lunfardo discutían sobre cualquier tema con la verba callejera, pero además Pascual también cantaba con una ronca voz de escaso volumen, acompañándose con una guitarra de nueve cuerdas.
Una noche le cantó a Carlos, en uno de esos cafés de la calle que “nunca duerme”, en la esquina de Corrientes y Paraná, unos versos aún sin título en el lenguaje lleno de calles porteñas que había adaptado a los compases del tango “Lilita”, compuesto por un músico a quien no conocía, Samuel Castriota. Carlos había escuchado varias veces creaciones de Contursi, pero esos nuevos versos, en un lunfardo escrito con naturalidad, le gustaron mucho.
Pero una vez más Contursi desaparece, hasta que Carlos vuelve a encontrarlo por casualidad en un cabaret no muy bien afamado de Montevideo: el “Moulin Rouge”. Allí escucha una vez más aquellos versos cantados con la sencillez y autenticidad con que lo hacía el poeta mientras, tanto en rueda y unas ginebras, le pide los versos, aunque ya casi los sabía de memoria.
Carlos ha vuelto de Montevideo y, en cuanta oportunidad tiene, canta el tango a los amigos, pero le tira fuerte las ganas de cantar en público ese tango con letra lunfarda. El poeta no posee como cantor condiciones especiales para hacer de ese mismo tango una creación inolvidable, pero en cambio Carlos encuentra en él mucho de lo que andaba buscando desde tanto tiempo atrás.
Duda, sin embargo, en gran parte porque Razzano, apegado al camino fijado desde sus comienzos, no es partidario de que lo cante en público. Existe el riesgo de que el lenguaje arrabalero resulte provocativo para los espectadores y produzca rechazo.
Al retomar su actuación en el Empire, Carlos se siente más inclinado que nunca a presentarse ante el público con el tango escrito por Pascual Contursi. Sus amigos del medio teatral lo alientan, especialmente Alippi y Casaux, a quienes entusiasmó al oírlo cantar ese tema de los suburbios de las dos capitales del Plata.
Tomada la resolución, es preciso formalizar con los autores de la letra y música, quienes ni siquiera se conocen entre sí. En un primer momento Castriota no se opone a conversar con el autor de los versos, pero el espinoso asunto de los derechos de autor da pie a las primeras discusiones, que se hacen más enconadas cuando el músico escucha que se quiere cambiar el título de su obra, que tenía una destinataria.
Razzano y Carlos se constituyen en árbitros de los fogosos interlocutores. Tras muchos forcejeos es Carlos quien extrae unas palabras de los versos para el título, hasta entonces buscado infructuosamente: “Mi Noche Triste”. De ese modo, cuando se mencione el tango no aparecerá ninguna expresión demasiado reveladora del lunfardo que, sin embargo, da vida a esos versos.
Por fin, acordados mal que bien los autores, reunidas las formalidades del caso, Carlos Gardel encara el ensayo con el Negro Ricardo y se prepara a cantar el rebautizado “Mi Noche Triste” ante el público en el Empire. Sucede una noche del mes de agosto de 1917. Probablemente Carlos prestó más atención que nunca al público que colmaba la sala y sintió la adhesión como para realizar el intento.
Lo cierto es que, después de algunas de las canciones que enriquecieron el ya amplio repertorio del dúo, hizo una seña a Ricardo y un gesto a Razzano. Se reacomodó en su silla, tal vez buscando indicar al público que iba a ocurrir algo nuevo; el Negro se le acercó un poco y, sobre el silencio creado por la inusitada introducción de la guitarra, volcó:
“Percanta que me amuraste
en lo mejor de mi vida
dejándome
el alma herida
y espina en el corazón”.
Sin previo aviso, las palabras y el canto producen un efecto poderoso. El lunfardo, pero utilizado con un lenguaje apto para expresar una situación dramática vivida con un acusado sentimiento, conmueve al público instantáneamente.
La sala rompe en aplausos cuando todavía el Negro Ricardo ha dejado que la nota final de su guitarra prolongue el cierre de la canción, que ya no pertenece, como las otras, al acervo nativo tradicional, sino que viene enmarcada en el ritmo de esa música que ha ido poseyendo a la ciudad que la ha hecho suya:
EL TANGO
Pedro Gatti, Director del “Museo del Anticuario”
Datos extraídos del libro Carlos Gardel de Edmundo Eichelbaun y biografía e historia de Javier Vergara.



