Edificado sobre la barranca y a la derecha de la bajada de los Costa, el Hotel Lorelei fue durante varios años el lugar donde se alojaron en busca de descanso y esparcimiento los primeros inmigrantes que llegaron a estas tierras. Atraídos por su rápida evolución y progreso, se hospedaron en las amplias habitaciones que rodeaban el salón comedor y la aseada cocina.
El enorme edificio estaba construido en un hermoso parque, limitado por una exuberante vegetación que le otorgaba al viajero la posibilidad de disfrutar de la naturaleza en un clima de seguridad y confort. La instalación de este lujoso hotel fue obra del señor Grimmer, quien le colocó el nombre Lorelei como recuerdo de una roca a orillas del río Rin en Alemania, que se relaciona con la historia de un ser mitológico asociado al agua.
Este famoso hotel, primero estuvo ubicado en la planta baja de la antigua mansión de los Costa, según se puede apreciar en una antigua postal de la época. Esta parte de la casa se comenzó a construir en el año 1880 y se terminó en 1883, siendo arrendada al señor Melitón Panelo, para morada de su capataz. El contrato con Panelo se extiende hasta 1888, año que vence el acuerdo, pero el capataz, de apellido Díaz, sigue habitando el edificio hasta 1890.
De aquí en adelante permanece deshabitado hasta 1898, cuando los Costa lo arriendan a Germán Grimmer, para instalar allí el hotel Lorelei. En el año 1904 doña Lina Echenagucia, viuda de Costa, decide instalarse en la mansión, para ello firma un convenio con el señor Grimmer por el cual este abandona la casa y se traslada a la casa de verano, construida en 1885 al otro lado de la bajada donde actualmente se encuentra la aduana. Allí, el famoso hotel Lorelei, desde su Torre octogonal con techo de teja, fue testigo de todo lo que ocurrió en una extensa región, privilegiado por su entorno natural.
Durante décadas fue el hospedaje de importantes figuras de nuestra historia como: Julio Argentino Roca, José Figueroa Alcorta, Agustín Pedro Justo y Roberto Marcelino Ortiz, entre otros, según informa el diario “El Liberal”. Este antiguo edificio estaba caracterizado por sus gruesos muros de piedra, techos altos, amplios ventanales, pisos de madera y habitaciones amplias. Además, poseía galerías cubiertas, patios interiores, salones de estar, grandes jardines y muebles lujosos.
El hotel Lorelei puede ser considerado como un testigo de la historia social, económica y cultural de nuestra ciudad. Después de varios años, las instalaciones fueron abandonadas y luego demolidas. Con su demolición se perdió parte de la memoria colectiva y la identidad cultural, debilitando de esta manera la historia local y la conexión con nuestro pasado.
Guillermo Guasconi



