—¿Qué mira? ¿Tengo monos en la cara?
Esas fueron sus primeras palabras el día que lo conocí, yo iba en busca de mi auto que, a sabiendas, estaba mal estacionado, en el único hueco que encontré. Tuve que optar, o lo dejaba ahí, y llegaba a tiempo al lugar, o buscaba un sitio más lejano y permitido, con lo que llegaba luego del cierre. Valió la pena el riesgo, llegué al filo, estaban bajando la persiana, y pude hacer lo que necesitaba.
Si alguien hubiese tenido el interés de saber por qué lo miré, no hubiese tenido una respuesta segura. El hombre estaba ahí parado, de espaldas a la avenida, mirando de frente al avión Pucará que, hacía unos pocos meses, habían ubicado en la esquina de la plaza, en homenaje a los caídos en las Islas Malvinas. Lo cierto es que lo miré y me llamó la atención. Algo me atrajo de ese hombre. Fingí no haber escuchado su bravuconada y seguí mi camino. No pude dejar de pensar en él. Su vestimenta era simple, clásica, pulcra y poco llamativa. Su aspecto general era tan común como el de cualquier otro hombre. A mi criterio, se trataba de una persona de no más de 50 años, por eso es que no pude entender, por horas, por qué lo había observado. Tardé en darme cuenta, su mirada triste, perdida en el tiempo, embelesada y esa atribulada expresión en sus ojos habían penetrado en mis sentidos. Era evidente que él tenía noción de la realidad, de lo contrario no hubiese prestado atención a mi paso. Era tan incuestionable el estupor en sus pupilas ante el inmóvil avión, convertida en monolito, que me había sacado de mis pensamientos.
Al otro día cambié mi camino habitual, decidí transitar por la avenida. Siempre quise evitarla por los semáforos y el tránsito. En esta oportunidad, incluso, salí más temprano de mi casa convencido de que, si volvía a verlo, me detendría; la intriga había generado un voraz deseo de entablar una conversación con él.
Pasaron días sin suerte, ni rastros de aquel hombre en esa esquina. A la semana siguiente, la grata sorpresa. Ahí, parado, de espaldas a la avenida, contemplaba nuevamente el avión.
Busqué un lugar cómodo para estacionar y caminé hasta la plaza. Traté de no mirarlo en forma directa. Me costó, vaya si me costó. No quería su rechazo ni que se repitiera el enojo de la vez anterior. Tuve miedo de que advirtiera que lo estaba imitando. Me paré frente al Pucará. Mi histrionismo es muy pobre porque en ningún momento sentí que mi mirada fuese similar a la suya.
Nos quedamos cerca, uno del otro, por largo rato, sin emitir palabra. Pasados unos minutos me di cuenta de que tenía en su mano derecha una gorra militar, vieja, descolorida, con dos alas como insignia, típica de la Fuerza Aérea. Por momentos la tomaba con ambas manos, no supe si era un rito o rezaba. Se fue sin percibir, en apariencia, que yo lo estaba mirando. Ese misterioso individuo llamaba mi atención, tuve deseos de seguirlo, necesitaba saber quién era, de dónde venía o adónde iba, no me animé.
Volví a la plaza cada día. Cual hábito rutinario, dejaba estacionado mi auto y caminaba hasta el lugar como si fuese una trayectoria obligada. A pesar de mi frustración no renuncié; todas las jornadas me encontraban pasando por ese lugar.
A la semana siguiente volví a verlo y repetimos la secuencia. Él cumplía con lo que, a ese momento, ya me parecía un rito. Yo trataba, en forma pésima, de imitarlo. Con el paso del tiempo descubrí que la hora y el día coincidían. Solo una vez a la semana, cercano a las doce del mediodía, aparecía y se quedaba ahí unos minutos. Meditaba, frente al avión Pucará, instalado en la plaza, como si fuera un amor no correspondido.
No recuerdo si fue la cuarta o la quinta vez que estuve a su lado, cuando por fin volvió a dirigirse a mí y habló por segunda vez.
—¿Conoce de aviones?
—En líneas generales no, solo sé de Pucará.
Él no lo sabía, pero había sido tal la intriga que me había generado ese hombre, mirando el avión, que investigué, con todo lo que pudo estar a mi alcance, sobre esas aeronaves.
—Es argentino, mide unos catorce metros de largo, tiene dos turbohélices y puede llegar hasta quinientos ochenta kilómetros por hora. Tiene un tren de aterrizaje triciclo por lo que se maneja bien en pistas chicas y, equipado con armamento, fue importante en la guerra de Malvinas.
Me miró sorprendido, no esperaba mi respuesta. Sentí que no conocía la información que le acababa de dar. Me desconcertó. Ambos nos quedamos en silencio por unos minutos.
—¿Es piloto?
—No.
—¿Cómo sabe tanto sobre este avión?
—Si se lo cuento. No me lo va a creer
Comenzamos el diálogo más cautivador que yo haya tenido en años. Pude, finalmente, saber qué había detrás de esa mirada que tanto me había atraído el primer día.
Alejandro, nacido en marzo de 1978 en Laborde, provincia de Córdoba migró, con la familia, siendo aún un bebé, a Tandil, provincia de Buenos Aires, por el trabajo de su padre designado con el cargo de Alférez, piloto de transportes en la base de esa ciudad.
El 2 de abril de 1982 había dado comienzo la guerra de Malvinas y el flamante piloto fue trasladado a la zona de operaciones en el sur del país. Según le fue contando su madre, nunca existió la despedida. Ella se enteró del traslado varios días después y luego de reclamos personales en la propia base. Alejandro tenía, por ese entonces, 4 años. No recuerda nada de su padre. Solo lo tiene en fotos y vive con el recuerdo que su madre le forjó en su mente sobre la benevolencia de su padre y lo injusta que fueron la vida, la Fuerza y los gobernantes de aquella época que, sin medir consecuencias, y, en busca de un salvoconducto a la perpetuación del poder, llevaron a una guerra para la que no se estaba preparado.
Pasado los años e investigando a través de veteranos que, supuestamente, habían sido compañeros se enteró de que, el primero de mayo de ese año, su padre había participado de lo que hoy se conoce como el bautismo de la Fuerza Aérea. Lo había hecho piloteando un avión Pucará. Nunca pudo enterarse en qué circunstancias perdió la vida. Lo cierto es que no volvió y que jamás encontraron ni su cuerpo ni la aeronave.
La madre a los pocos años rehízo su vida, y tuvo otros hijos. Su padrastro ayudó en su crianza pero nunca vio, en Alejandro, a un hijo. Así fue como creció, huérfano de padre, con medios hermanos que lo ignoraron durante su adolescencia y una madre que nunca le hizo faltar nada, pero que pocas veces cumplió el rol que él necesitaba.
No sé cuánto tiempo había pasado, ya estábamos sentados en un banco de esa plaza como dos viejos amigos y yo quería escuchar más cuando él calló, levantó la vista, volvió a mirar el avión y sin disimularlo dejó soltar un par de lágrimas.
—Hace unos meses mi padre me habló en el sueño. Me pidió que siguiera mi destino, que me acompañaría. A los pocos días me ofrecieron un trabajo en esta ciudad y, sin relacionarlo con el sueño, acepté. Apenas había pasado una semana de vivir en la ciudad cuando instalaron este avión. Ahí entendí la voz de mi padre. Algo me atrajo hasta acá y la primera vez que me paré a observar este Pucará, lo vi. Estaba sentado dentro, como si fuese el piloto. Creí que me estaba volviendo loco. Me miró, se sacó el casco y me sonrió. Era él, el de la foto, sin dudas era él. Cuando miré al rededor para ver si la gente que pasaba lo podía ver de la misma manera que yo, desapareció. Quería hablar con él pero desapareció—.Volvieron a brotar sus lágrimas, yo me limité a acompañarlo con un respetuoso silencio.
—De él, solo me quedan fotos y esta gorra que, según mi madre, era de su pertenencia. Así que la busqué y comencé a traerla todos los mediodías. Hoy sé que solo aparece un día de la semana, cercano a las doce, y puedo hablar con él. No me pregunte cómo pero puedo hablar con él. Cuando aparece, si tomo la gorra con ambas manos y se la muestro, escucho lo que me dice, y él sabe lo que pienso, porque no necesito decirlo. Responde mis preguntas sin que emita palabra. Así pude saber que ese día, el de su muerte, había ocurrido el 1ro. de mayo de 1982. Y sé que me quiere; y que me guía—. Rompió en llanto sin poder contenerse.
En mi rutina diaria ya no está el pasar por la avenida, ni por la plaza. Decidí respetar la privacidad de Alejandro. Nos hicimos amigos. Desde hace unos meses, cuando tiene ganas pasa por mi casa, tomamos un aperitivo, a veces unos mates, no importa; lo que le gusta compartir es la charla con su padre y a mí no solo me encanta escucharlo, crezco con ello.



