domingo, enero 18, 2026
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La estrella de Navidad por Guillermo Fontes

José estiraba la mano a un lado y a otro, acomodando los adornos y figuras entre las ramas del deshojado árbol.

Las bolas antes cristalinas, y ahora ya opacas por el paso del tiempo, realizaban su mayor esfuerzo por brillar, aún con sus colores ya casi agotados, como si el éxito dependiera de ellas.

Mientras José se esmeraba por alcanzar la simetría perfecta en el armado del arbolito de Navidad, vio con impotencia cómo una de ellas se deslizó hacia el suelo rompiéndose en miles de pedacitos. José suspiró y pensó —una menos, con las pocas que nos quedan—.

Por suerte para él los chicos estaban jugando afuera y no se darían cuenta de la pérdida sufrida en el árbol. Corrió con el pie los pedazos hacia un lado para no pisarlos y tragó saliva, ahogando la amargura, mientras trataba de darle un aspecto hogareño y festivo para adulzar un poco la llegada de la Navidad.

Muchos se enternecen al acercarse la fecha del festejo del natalicio más esperado en el mundo entero.

Empieza a inundar el pueblo como si fuera una corriente de agua desplazándose por las calles y entrando en cada puerta, una mezcla de alegría, bondad y buenos gestos por doquier. Las personas hacen listas de compras, que el pan dulce, la sidra, las gaseosas, las garrapiñadas y frutos secos. En las cocinas hace días ya se vienen preparando los matambres, las ensaladas de papas y el Vitel Toné.

Y los chicos de deseos interminables de cochecitos, pelotas, muñecas, bicicletas, con la esperanza de tener las sorpresas en sus regazos al tocar las campanadas.

Particularmente en el pueblo donde vivía José con su familia la devoción era inmensa, a tal punto que todos empezaban con los preparativos ya desde fines de octubre, lo cual no le ayudaba mucho a levantar su ánimo. Él era un hombre común, como cualquier otro del pueblo, con una vida tranquila y sacrificada como la mayoría de sus habitantes.

Habían cumplido dieciséis años de casados con Marta, tenían tres hijos: Gustavo, Sebastián y Luciano de catorce, diez y ocho años respectivamente.

Toda su vida había sido buen empleado, pero la situación económica del país hizo que fuera despedido de su trabajo después de quince años como encargado de limpieza del club. De esto hacía ya dos meses, la familia estaba usando sus últimas provisiones y sus ahorros también se agotaban, sumado a que la incertidumbre económica era un caldo amargo que se tomaba en cada noticiero.

Con cuidado sacó del fondo de la caja de adornos, la estrella, para colocarla en el pináculo del árbol.

Se subió a la escalera, y en el último peldaño, trastabilló, y al intentar sujetarse soltó la estrella, la cual se desplomó por el lateral del árbol, casi casi, como en cámara lenta, hasta llegar al pie de este, sufriendo la misma suerte que su compañera un rato antes.

José inmóvil contempló la escena desde la altura, parado en la escalera, como una mala película en blanco y negro de cine mudo.

En su cabeza corrieron infinitas visiones de cómo la mala suerte parecía pegarle una vez más un sopapo en la cara.

Bajó de un salto y salió apresurado hacia el garaje.

Se subió al viejo Renault 12, que tenía desde hace diez años, y el cual, hubiese querido cambiarlo hace nueve, pero la plata siempre patea en contra, cada año un poco más.

Por fin, al cuarto intento arrancó. Ya con el auto en marcha, partió hacia el centro del pueblo. En el camino, podía ver las casas vecinas adornadas al extremo, al punto de parecer que hubiese una base de la NASA en cada cuadra.

Todo el pueblo parecía un escaparate de competición, más que una decoración festiva.

Por su mente pasaban todos los fracasos que había tenido, si bien la Navidad nunca había sido su fiesta favorita, ésta en particular lo deprimía en sobremanera.

Si alguna vez había tenido un sueño de una Navidad deseada, esta era literalmente su antónima.

Media hora después estacionó en el costado del mercado, unas cuadras antes de llegar al centro, para que su cachirulo no llamara la atención.

Aún le daba vergüenza el saber que, después de diez años, no había podido cambiar su vehículo por otro, un poco más moderno.

Caminó despacio, mientras secaba el sudor de la cara con la boina que llevaba puesta, la tarde era sofocante y el verano caluroso, típico de estas épocas por Sudamérica; y se hacía notar.

Por la mañana había llovido y eso aumentaba la humedad en el ambiente.

En el pueblo tenía la tienda Alfredo, su primo. Él, con seguridad le fiaría algunos regalos y una estrella nueva para el árbol, y así sus hijos no estarían tristes en Nochebuena.

En las calles todos vestían sus mejores ropas y paseaban felices con sus bolsas cargadas de presentes en las manos.

La avenida principal estaba toda iluminada con guirnaldas colgantes, que cruzaban de un lado al otro de la acera, vistiendo todo el centro de colores.

En las vidrieras de los negocios se multiplicaban los renos, pinos, gorros y adornos, de todas las formas y clases imaginables, para llamar la atención de los compradores.

La vuelta al perro, como le decían allí al paseo en auto alrededor de la plaza; se sucedía en toda la extensión de la avenida, los vecinos se notaban alegres, sonrientes y disfrutando del momento.

Casi al llegar al negocio de su primo, una camioneta cruzó por el costado del cordón, sin aminorar la velocidad, salpicando y empapando por completo a José, con el agua acumulada en el cordón de la vereda. Los transeúntes no podían contener las carcajadas ante tremendo desmadre; ciertamente aquella situación parecía salida de un dibujito animado. Irritado la siguió con la mirada hasta que se detuvo exactamente en la puerta del local de Alfredo y se encaminó a confrontarlo.

El conductor se bajó y raudo entró al local; pero antes que José llegara, retornó rápidamente con los brazos cargados de bultos y paquetes. Subió a su camioneta, arrancó y dio un giro en U en la avenida, sin importarle las normas de conducción. Pasando por delante del pobre José, todo mojado, lo miró con una sonrisa sobrante de oreja a oreja, mientras se unía a la caravana que daba la vuelta a la plaza.

En ese preciso instante una chispa de ira se encendió en la mente de José, no podía tolerar más injusticias y que la “señora suerte” fuera constante en la desgracia mientras que otros sin escrúpulos se llevaran los premios de esta.

Comprendió que algo tenía que hacer. Velozmente volvió a su coche para poder seguir a la camioneta; la vuelta a la plaza se demoraba lo suficiente como para que pueda alcanzarlo.

Subió al 12 y trató de encenderlo, nuevamente los intentos fueron varios, al tiempo que su respiración se agitaba y su pulso aceleraba cada vez más.

Cuando pudo arrancarlo, se sumó a la caravana y empezó a adelantarse a los coches hasta quedar atrás de la camioneta que ahora estaba cazando.

Luego de tres cuadras la camioneta aceleró. Rápidamente José, se dio cuenta de que su truco había sido descubierto y se lanzó tras de ella.

Los dos vehículos comenzaron a esquivar autos, sin lograr impedir que la camioneta se alejara debido a su potencia, lo que no intimidó a José, quien aceleró al máximo al pobre 12. En un momento la camioneta realizó un giro de 180 grados y quedó de frente a su perseguidor.

Ambos detuvieron la marcha, uno frente al otro, acelerando los motores como un duelo de Rápido y Furioso. José acomodó el espejo retrovisor, se ajustó el cinturón y poniendo primera, arremetió contra su rival.

Los dientes apretados y los ojos como salidos de sus órbitas, poco fue lo que pasó por su mente en ese momento, solo sentía la sed de venganza, y la bronca acumulada dentro suyo.

La camioneta realizó la misma maniobra; y ambos vehículos se acercaban velozmente a un encuentro frontal. Quizás José pensó que ganaría, quizás no pensó. El estruendo fue brutal.

José abrió de a poco los ojos, le dolía todo el cuerpo y sobre todo la cabeza.

Su esposa estaba agachada al lado suyo, secándole la frente con una toalla.

Ella llorando lo abrazó y con una voz entrecortada le dijo: —cuando te vi caer pensé que te perdía.

Él la miró y le preguntó con una voz apenas audible:

—¿Qué pasó?, ¿lo logré?

Con una sonrisa le señaló su mano, donde tenía asida fuertemente la estrella.

—Te tiraste para agarrarla cuando se cayó y te diste un golpe en la cabeza, pero mira el lado bueno, ¡¡¡la salvaste!!!

En ese instante sus hijos, que estaban en la ventana observando la situación, entraron corriendo a abrazarlo, al grito de: —¡¡¡papi, salvaste la estrella!!!

Esa Nochebuena, todos juntos cantaron junto al árbol villancicos navideños, y la estrella en el árbol iluminó más que nunca.

José mirando la estrella en su mano y la llave del Renault 12 en la otra, comprendió que todo aquello había sido un sueño, ¿o no?

Pero de algo estaba seguro; aprendió la lección. La verdadera estrella de la Navidad no eran los regalos, ni los adornos, ni el árbol; la razón de la Navidad era festejar un legado de amor, la Navidad era su familia, y nunca más lo olvidaría.

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