Durante la llamada Semana de Mayo, del dieciocho al veinticinco de mayo, los criollos de Buenos Aires organizaron reuniones y buscaron establecer un cabildo abierto para analizar la situación política del virreinato del Río de la Plata, que en ese entonces se encontraba debilitada por la invasión de Napoleón a España.
El veinticinco de mayo de mil ochocientos diez, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros fue destituido y se estableció la primera junta de gobierno, lo que marcó el inicio del proceso de La revolución. Esta fecha representa el camino hacia la independencia argentina.
Ese día, ante la presión popular en la Plaza del Cabildo, ahora Plaza de Mayo, el virrey Cisneros no hizo frente a los reclamos y renunció a su cargo.
Aunque se habla de los soldados y próceres que intervinieron, esta es la verdadera historia de quienes hicieron posible esa hazaña.
Mateo San Miguel, de poco más de once años, corría sin detenerse a descansar en su trayecto. La humedad del ambiente parecía querer devorarlo, su cara, cabeza y cuerpo estaba empapado de ella; además de la propia transpiración que esta epopeya le producía.
Tenía en sus manos una bolsa con pastelitos que le había dado su mamá. La orden había sido clara: “se los das a Baltasar y a nadie más, y ni se te ocurra comerlos, que tienen té de Sen y ciruelas con linaza”.
Le decía mamá, pero era su madrastra, Catalina Ponce, quien había contraído nupcias con Antonio San Miguel, un esclavo brasilero que, escapado de sus amos, se asentó en Buenos Aires allá por el 1800.
Sus pequeños pies levantaban el fino polvo suelto de la superficie, molido por los cascos de los caballos y las ruedas de las carretas que recorrían, por ese entonces, los trazos citadinos que se dirigían al centro del pueblo donde se ubicaba el cabildo.
Los dos kilómetros que separaban a la Plaza Real de las barrancas de Santa Catalina donde vivía con su familia, parecían más largos que de costumbre.
Allí, en esos terrenos perdidos que en mil ochocientos ocho fueron comprados en un remate público por Daniel Mackinlay, quien aún no tomaba posesión de ellos, se agrupaban ranchos precarios que la revolución había estado levantando, lejos del asedio de la corona o sus virreyes.
Ese terruño era una mezcla de pobreza, hambre y sueños de libertad, una combinación perfecta para cualquier revolución.
Mientras corría se divertía viendo cómo una tira celeste, enganchada dentro de su alpargata flameaba con el movimiento del viento producido por su carrera; los últimos días había visto un montón de ellas cuando Domingo y su amigo apellidado Berutti, iban de un lado a otro, juntándolas, para repartir “en su momento”, decían ellos.
Eso le sirvió para distraerse y no pensar en los chocos* que le salían al encuentro cada tanto durante su trayecto.
Llegó más tarde que de costumbre, así que lo dejaron pasar por la entrada principal sin mucho control, los soldados ya lo conocían.
Don Baltasar agarró el paquete con ansias, siempre desayunaba con pastelitos y esta vez habían llegado atrasados, así que no le dio tiempo a salir a Mateo, cuando ya estaba deglutiendo las dulzuras con desesperación, quien apenas había alcanzado a atrapar un cuarto de real español que el Virrey le arrojó al pequeño antes que se fuera.
En la plaza el clima estaba tenso, los representantes de la junta de gobierno se habían presentado a pedir la renuncia del virrey.
Don Baltasar tenía que salir al balcón para reclamar el poder legítimo y enfrentar al pueblo. Cuando estaba dispuesto a dar batalla, sintió algo dentro que le retorcía las entrañas, los dolores comenzaron y ya no podía contenerse. Rápido escapó al cuarto de baño donde se sentó urgente en la letrina llevado por los retorcijones.
Ahora el que transpiraba no era Mateo, era Don Baltasar, que no podía separarse del trono blanco para allegarse a su otro trono a defender.
Los pocos súbditos que le quedaban golpeaban la puerta desesperados:
— “¡¡¡Don Baltasar, salga rápido por favor, afuera el pueblo quiere saber!!!”.
Don Baltasar sufría, quería cortar sus necesidades, pero surgían de adentro cual río, el frío erizaba su piel, el cuerpo tiritaba y no lo dejaba pensar.
Mientras afuera continuaban los gritos y en la puerta seguían golpeando para que salga.
Don Baltasar gritó desde dentro del sanitario:
— “BASTA, NO LO DEJAN A UNO HACER EN PAZ, ¡¡¡RENUNCIO!!!”.
A partir de ahí, lo demás es historia.
*chocos: perros en algunas regiones de Argentina.



