domingo, abril 19, 2026
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Cuando el brazo ya no alcanza: la presbicia y la resistencia a usar anteojos

Hay una escena que se repite todos los días en la óptica. Personas que estiran el brazo para leer, que buscan la luz, que entrecierran los ojos, que fruncen el ceño y que, aun así, intentan evitar el uso del anteojo.

La presbicia no aparece de un día para el otro, pero sí llega para todos. Es un proceso fisiológico, natural, que históricamente comenzaba a manifestarse alrededor de los 40 años. Sin embargo, en los últimos años, con el uso intensivo de dispositivos, la exposición constante a la luz artificial y a la luz azul, este proceso parece haberse adelantado.

Hoy ya hablamos de jóvenes présbitas, personas de 30 años que empiezan a notar dificultad para enfocar de cerca, especialmente después de largas horas frente a pantallas.

Primero es un gesto. Después, una costumbre. Y finalmente, un esfuerzo.

Muchas personas consultan al médico oftalmólogo, reciben su receta para visión próxima pero no logran incorporar el hábito de usar el anteojo. Lo dejan en el estuche, lo olvidan, lo postergan. Y mientras tanto, el sistema visual compensa como puede.

Ese “como puede” tiene un costo. Entrecerrar los párpados, forzar el enfoque, tensionar la musculatura periocular, sostener la atención con esfuerzo… todo eso genera fatiga visual. A lo largo del día aparece el cansancio, la pesadez ocular, el dolor de cabeza, la irritación. Y hacia la noche, muchas veces, la sensación es clara: los ojos no dan más.

No es que “se acostumbran”. Se agotan. También hay un componente emocional. Durante muchos años, la única solución era un anteojo monofocal para visión próxima. Por eso era habitual ver el llamado “anteojo lapicero” o el anteojo ubicado en la punta de la nariz: se miraba a través de los cristales para leer y por encima del anteojo para ver de lejos.

Esa imagen quedó muy asociada al paso del tiempo. Y, en muchos casos, todavía hoy genera rechazo. Sin embargo, la óptica evolucionó. Desde la óptica, hoy ofrecemos soluciones pensadas para la vida real. No solo en el diseño de los anteojos, como los ocupacionales u “office”, sino también en los materiales y filtros que ayudan a mejorar el confort visual en tareas de cerca.

Los anteojos ocupacionales permiten ver con claridad tanto la distancia intermedia —como la pantalla de la notebook— como la visión próxima —como el uso del teléfono celular o la lectura—, sin necesidad de quitarse y ponerse el anteojo constantemente.

La persona se sienta en su escritorio, se coloca el anteojo y simplemente ve bien en su entorno de trabajo, con el solo movimiento de los ojos. Además, incorporar el hábito es más fácil cuando el anteojo está disponible. Por eso, muchas veces recomendamos tener más de uno: uno en casa, uno en el trabajo y otro en el auto. Hasta que el uso se vuelva automático, como llevar el celular o las llaves al salir.

Cuando la corrección es la adecuada, la agudeza visual se alcanza de manera correcta y el sistema visual trabaja con confort.

Judith Pizzatti

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