miércoles, abril 15, 2026
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La impronta en el poncho por Víctor Racedo

—Bueno, no se enoje doña Cata. Solo era una pregunta. Cómo su hijo está en Malvinas.

—¿Ustedes creen en esa basura de la televisión? Yo le mando a m´hijo lo que necesita. ¿Andá a saber si lo que ustedes juntan le llega? Pa’ mí, son todas mentiras.

Catalina, una mujer catamarqueña que nunca, durante sus cincuenta y tres años, quiso salir del pueblo, se enteraba, por los vecinos, que en un programa de televisión juntaban alimentos no perecederos, y ropa de abrigo, para enviar a Malvinas. Ahí habían llevado a los soldados de la provincia y de todo el país, a participar de una guerra comandada desde Buenos Aires, de la cual Catalina tuvo las primeras noticias cuando le dijeron que entre los conscriptos estaba su hijo Leonardo.

Ese día, cuando vino Eugenia, la mayor, con la noticia, lloró a mares. No se había imaginado que su gurí, el más chico de sus seis hijos, podría participar alguna vez en una guerra.

—Eso no son cosas pa’ los gurises—. dijo en esa oportunidad. Cuando terminó de llorar, comenzó a tejer un poncho de vicuña que, desde muy pequeña, había aprendido por parte de su abuela materna.

—En esos lugares se debe helar la sangre m´hijo, pobre. Con la vicuña va estar calentito, ya van a ver.

La familia entera siguió sus consejos y, en lugar de juntar para la televisión, completó una caja con alimentos no perecederos para enviarle a Leonardo. Antes de cerrarla, Eugenia puso una carta escrita por ella, y dictada por su madre y sus hermanos, y la tapó con el poncho de vicuña al que su madre había identificado con un corazón bordado en la parte interna. No sabía leer ni escribir y por eso no podía ponerle las iniciales de su hijo. Tres hojas escritas con saludos, anécdotas y buenos augurios donde, cada uno de los hermanos, tenía su lugar y donde, Doña Catalina, quiso ocupar el espacio mayor.

Los hermanos llevaron el paquete hasta el cuartel del Regimiento de Infantería de la Provincia, donde Leonardo estuvo cumpliendo con el Servicio Militar Obligatorio.

Los atendió el Teniente primero Cachafaz Ligero. Recibió la caja y les prometió que, en menos de una semana, así como él la recibía, iba a ser entregada en manos a su destinatario.

Por su parte Leonardo padecía no solo el frio o las inclemencias del clima en el lugar donde había sido destinado. Estaba, junto al batallón de infantería, a pocos kilómetros de Puerto Argentino, cercano a la base del monte Dos Hermanas y, junto a sus compañeros, pasaba hambre. Las escasas raciones diarias eran insuficientes para la actividad y el frio en esa geografía. La ropa había empezado a sufrir el ajetreo, los guantes, en su mayoría agujereados, ya no protegían las manos de las temperaturas bajo cero. Había aprendido que si orinaba en bolsas pequeñas y les hacía un fuerte nudo, le servía por minutos para evitar que sus dedos se congelasen.

La noche en que le tocaba hacer guardia en la entrada al lugar, que funcionaba como despensa, acordó con sus compañeros de carpa dejarlos pasar para que robasen alimentos. Cuando lo concretaron pudieron ubicarlos entre las municiones para evitar que los encuentren. Esa misma noche, aviones Sea Harrier, atacaron la base. Era evidente que la tecnología usada permitía ubicar la zona de armamentos y municiones con facilidad ya que, en su mayoría, los proyectiles caían en ese lugar haciendo volar por los aires fusiles, balas, embutidos, latas de conservas, fideos.

Con la tierra que colocaban delante de sus trincheras, cubrían parte del cuerpo quedando las piernas dentro del agujero. En un ataque aéreo bombas explotaron cerca de su ubicación matando dos de sus compañeros, él quedó inconsciente con medio cuerpo fuera y las piernas cubiertas por agua y barro. Lo llevaron al hospital de Puerto Argentino donde permaneció tres días con el diagnostico de Pie de Trinchera. Por aun tener las piernas hinchadas, le proveyeron borceguíes dos números mayores, a lo que habitualmente calzaba, y volvieron a mandarlo al frente de batalla.

La familia no había tenido noticas de él desde el día de la partida. Cuando escucharon por radio que había terminado la guerra con la rendición Argentina, se alegraron. Nadie en ese pueblo quería la guerra. Tres días después de peregrinar por el cuartel, pudieron tener noticias. Leonardo estaba grave en un hospital de Campo de Mayo en Buenos Aires. Doña Catalina no lo soportó. Se descompensó de manera tal que, en menos de veinticuatro horas de recibida la noticia, falleció con diagnóstico de infarto de miocardio.

Eugenia tomó la decisión de viajar a Buenos Aires. Al igual que su madre nunca había salido del pueblo, pero estaba segura que no correría la misma suerte que ella. Juntaron dinero entre los hermanos y vecinos y, luego del velorio, salió en ómnibus en busca de su hermano menor.

Pajuerana por propia voluntad, o tal vez por la de su madre, le costó ubicarse y llegar al hospital pero su convicción era más fuerte que su ignorancia. En ese lugar se encontró con un escenario inesperado, cientos de familias gritaban contra las autoridades y pedían por sus hijos. Se acercó a la entrada de guardia, se presentó y pidió confirmar la estadía de Leonardo. La espera se hizo tediosa y prolongada. En un momento sintió un impulso irrefrenable, salió y se unió al gentío para gritar en contra de los milicos. Le sirvió de descarga. Volvió calma a la guardia a esperar las novedades. Pudo ver a su hermano, se abrazaron, lloraron juntos. Se contaron cosas. Él narró que había recibido la carta que todos habían escrito, (se sorprendió al enterarse que debía recibirla dentro de una caja con víveres y el poncho tejido por doña Catalina. De eso, ni rastros) y que debía quedarse un tiempo más en el hospital para rehabilitación, según le habían dicho los médicos. Ella lo enteró de la muerte de su madre. Acordaron que Eugenia se volvería al pueblo, no tenía sentido estar ahí. Iba a ser más necesaria para sus hermanos que para Leonardo. Él prometió volver ni bien tuviera el alta.

Nuevamente en Catamarca, Eugenia se dirigió directamente al cuartel. Enojada pidió hablar con el Teniente Cachafaz Ligero. Él, solícito, la atendió sin problemas. Entendió el reclamo y le explicó que, seguramente, para que todos los soldados pudiesen tener la misma oportunidad, los alimentos habían sido repartidos en forma igualitaria, que no sabía el destino del poncho, pero que se comprometía personalmente a averiguarlo.

Ella se hizo cargo de la organización de la familia, no de la manutención porque todos cumplían alguna tarea productiva. Al mes, Leonardo, hizo su entrada triunfal al pueblo. Los vecinos fueron a aplaudirlo al bajar del micro que lo trajo a casa. Pudo, con dificultades, unirse a la tarea productiva de la familia.

Pasados seis meses Leonardo y Eugenia tuvieron que ir a San Fernando, la capital de la provincia. Debían realizar trámites que les permitiesen mejorar las finanzas familiares. En una de las dependencias oficiales de la gobernación, una de las señoritas portaba un poncho de vicuña.

—Parece el poncho que te tejió mamá cuando estabas en Malvinas.

—Hay muchos ponchos parecidos, la vicuña es así.

No se conformó con la respuesta de su hermano y fue en busca de la joven.

—Qué lindo poncho, ¿Es de vicuña no? ¿Dónde lo compró?—. Le preguntó mientras giraba una de las puntas donde, intacto, estaba el corazón que Doña Cata había bordado.

—No lo compré. Me lo regaló mi tío que está en el ejército, por lo que me dijo, se lo compró a una vieja en el pueblo donde él está.

—¿Ah, y como se llama tu Tío?

—Es el Teniente primero Cachafaz Ligero.

 

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