miércoles, abril 8, 2026
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No es un hecho aislado: es el sistema que no llega a tiempo

El análisis del especialista en gestión educativa Fernando Bonforti propone una mirada centrada en el funcionamiento cotidiano de las escuelas frente a situaciones de creciente complejidad. A partir de hechos recientes, advierte sobre la dificultad para detectar y acompañar a tiempo ciertos conflictos, en un contexto donde las instituciones deben responder a múltiples demandas simultáneas y con recursos limitados, lo que muchas veces impide transformar señales previas en intervenciones efectivas.

Lo ocurrido en San Cristóbal, Santa Fe, donde un estudiante asesinó a otro dentro de una escuela, no es un hecho aislado. Es una señal de época que interpela a la familia, a la escuela y, sobre todo, al Estado. Tampoco es un fenómeno nuevo: Argentina ya tiene antecedentes que nunca fueron del todo asumidos, y los episodios siguen repitiéndose.

Lo que pasó en San Cristóbal no es un hecho aislado. Es una advertencia.

Un estudiante de 15 años ingresó armado a su escuela y asesinó a un compañero de 13. La escena, que hasta hace algunos años parecía lejana, hoy irrumpe en la cotidianeidad educativa argentina. Pero el dato más inquietante no es solo el desenlace, sino lo que lo antecede: conflictos previos, amenazas, señales que estuvieron y no lograron convertirse en intervención.

Y mientras ese hecho todavía conmociona, aparecen otros episodios que refuerzan la misma preocupación: en Villa Ramallo, un estudiante ingresó a una escuela con una réplica de arma, activando protocolos e intervención de distintos organismos. Ahí es donde el problema deja de ser excepcional. Y pasa a ser estructural.

No es nuevo: una deuda que arrastramos

Argentina ya atravesó un hecho de esta magnitud. El 28 de septiembre de 2004, en Carmen de Patagones, un estudiante de 15 años asesinó a tres compañeros dentro de su escuela. Ese episodio conmocionó al país.

Se habló de violencia escolar, de salud mental, de responsabilidad institucional. Pero, con el tiempo, el tema se diluyó.

Hoy, más de veinte años después, la pregunta es incómoda: ¿qué aprendimos realmente de aquello?

Porque si algo muestran los hechos actuales – desde tragedias hasta episodios que no llegan a ese extremo – es que muchas de las condiciones que hicieron posible aquella situación siguen presentes.

La escuela exigida al límite

Como señala François Dubet, la escuela contemporánea ya no puede sostener el modelo institucional clásico basado en normas homogéneas y autoridad incuestionada. Hoy funciona en un escenario de fragmentación social, donde debe construir legitimidad todos los días.

En ese contexto, se le exige todo: enseñar, incluir, contener, detectar, intervenir. Pero sin condiciones estructurales para hacerlo.

Los Equipos de Orientación Escolar – cuando existen – están sobrecargados, fragmentados en múltiples instituciones y muchas veces corriendo detrás de la urgencia.

Y hay algo que ya no se puede seguir ocultando: las escuelas y los Equipos de Orientación Escolar no tienen hoy herramientas suficientes para abordar estas situaciones.

No tienen tiempos institucionales reales.

No tienen equipos estables en cada escuela.

No tienen articulación fluida con salud mental.

No tienen formación específica sostenida para escenarios de alta conflictividad.

Se les exige intervenir en situaciones cada vez más complejas, con dispositivos cada vez más débiles. La escuela no está ausente. Está desbordada. Y, en muchos casos, está sola.

Un sistema que llega tarde… porque no está pensado para llegar antes

Hay un problema más profundo que atraviesa todo: el sistema educativo – y en general las políticas públicas – están diseñados más para reaccionar que para prevenir.

Se construyen protocolos de actuación, circuitos administrativos, instancias de intervención una vez que el conflicto ya estalló. Pero cuesta mucho más sostener dispositivos permanentes de seguimiento, escucha y acompañamiento. Prevenir no es solo anticiparse. Es construir condiciones.

Y eso implica inversión, equipos estables, tiempo institucional y una decisión política clara de poner el foco en el vínculo y no solo en la emergencia. Mientras eso no ocurra, la prevención seguirá siendo un discurso, y la intervención seguirá llegando tarde.

Familias: entre la ausencia, la intemperie… y un mito que hay que romper

El discurso fácil responsabiliza a las familias. Pero esa mirada simplifica – y muchas veces distorsiona – el problema.

Emilio Tenti Fanfani advierte que la relación entre escuela y familia ya no responde a los patrones tradicionales: cambió la estructura social, cambió el trabajo, cambiaron las formas de autoridad. Y además hay algo que es necesario decir con claridad: la violencia en las escuelas no es patrimonio de un sector social.

Atraviesa a instituciones públicas y privadas, a sectores populares, medios y altos. Porque lo que está en crisis no es solo lo material. Es el entramado vincular.

Lo cotidiano que naturalizamos

Antes de llegar a estos extremos, hay algo que ocurre todos los días: peleas, conflictos, situaciones que escalan y muchas veces son alentadas por otros.

No es raro ver estudiantes que filman, comparten o celebran la violencia.

La mayoría de esas escenas no termina en tragedia. Pero eso no las vuelve inocuas.

Ahí se construye un clima. Ahí se corre el límite. Y cuando el límite se corre lo suficiente,

lo impensado deja de serlo.

Subjetividades en crisis

Para comprender la profundidad del fenómeno, es clave recuperar a Cristina Corea y Ignacio Lewkowicz.

Las instituciones ya no organizan como antes. Y en ese escenario, los sujetos quedan más expuestos. La violencia aparece entonces no solo como problema, sino como forma posible de expresión.

Las señales que el sistema no logra procesar

En casi todos estos casos aparecen indicios previos. El problema no es que no haya señales. El problema es que no se transforman en intervención a tiempo. Y hay una lógica que se repite: se actúa cuando el hecho ya está consumado.

Se activan protocolos.

Se articulan instituciones.

Se habla de abordaje comunitario.

Todo después.

Incluso en los casos que no terminan en tragedia – como el de Villa Ramallo – la secuencia es la misma.

La ilusión de las respuestas rápidas

Más control, más sanción, más seguridad. Nada de eso alcanza si no se trabaja sobre el fondo. La violencia no se resuelve solo con normas. Se aborda con presencia, con tiempo, con vínculo.

Volver a pensar la escuela (y al Estado)

La discusión es de fondo:

  • Equipos reales en las escuelas
  • Articulación con salud mental
  • Formación docente
  • Trabajo con las familias
  • Presencia efectiva del Estado

Porque la escuela sola no puede. Y menos aún sin herramientas. No es un hecho aislado. No lo fue en 2004. No lo es hoy.

Son escenas distintas de un mismo problema. Y mientras el sistema siga preparado para actuar después, pero no para prevenir antes, la historia se va a repetir.

Porque cuando no se llega a tiempo, cuando la escuela queda sola, cuando la prevención falla, lo que aparece no es una excepción.

Es el resultado.

Y cuando eso pasa, ya no hay pedagogía que alcance.

 

Lic. Fernando Bonforti

Analista del sistema educativo

Consultor en gestión educativa y estrategia pedagógica

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