Enzo Di Lallo protagoniza una historia que combina pasión, oficio y un fuerte lazo familiar, y que en los últimos días se convirtió en una de las más comentadas de la ciudad. Lo que comenzó como un deseo infantil fue creciendo hasta transformarse en un proyecto artesanal de gran complejidad, impulsado por la dedicación, el ingenio y el amor de un abuelo decidido a cumplir un sueño. Detrás del resultado final hay meses de trabajo, decisiones técnicas y una conexión profunda con el mundo del automovilismo que atraviesa generaciones.
No todos los días un proyecto personal logra salir de lo íntimo para convertirse en una historia que conecta con toda una comunidad. En este caso, todo comenzó con un pedido simple, casi inocente, pero que con el paso del tiempo fue creciendo hasta transformarse en un desafío técnico y emocional de gran escala. Lo que parecía una idea pequeña fue tomando forma a través del compromiso, la constancia y la decisión de ir siempre un paso más allá, hasta convertirse en una creación que hoy despierta admiración y curiosidad en vecinos de todas las edades.
Enzo Di Lallo no solo aceptó ese desafío, sino que decidió llevarlo mucho más lejos de lo imaginado. Con dedicación, ingenio y una fuerte impronta artesanal, dio forma a un proyecto que refleja no solo habilidad, sino también una historia personal profundamente ligada al mundo de los fierros. Enzo es vecino de Campana y su pasión por el deporte motor comenzó desde chico. “Siempre me gustó el mundo de los fierros. De joven corría en motocross, pero todo el deporte motor me apasiona; la velocidad me gustó desde chico. Es más, mi nombre me lo puso mi padre porque es fanático de Ferrari, por Don Enzo Ferrari, por lo que desde antes de nacer ya venía con esta impronta.” En esta entrevista, repasa el recorrido completo: desde el origen de la idea hasta el resultado final, atravesando los momentos más exigentes y el valor personal que le dejó esta experiencia.
En ese contexto, el origen del proyecto tiene una historia tan particular como entrañable. Lejos de tratarse de una idea propia, todo nació a partir de la imaginación de su nieto y de una tradición familiar que se repite año tras año. Las fiestas temáticas, siempre pensadas al detalle, fueron el punto de partida de un nuevo desafío que, esta vez, terminaría superando cualquier expectativa previa.
“La idea no fue mía, sino de Benjamín, mi nieto, porque desde que tiene dos años yo le hago una fiesta temática todos los años: hemos hecho de indios, con carpas; del Rey León, con cascadas de agua; y también, en una ocasión, él había viajado en avión y quedó fascinado, así que ese año le construí un avión donde todos sus amigos se podían subir, incluso armando el motor con un ventilador de techo; este año le pregunté qué quería y, como sus papás le habían hecho la ciudadanía italiana, me dijo que, si los italianos andaban en Ferrari, él tenía que tener su Ferrari, y ese mismo lunes comencé el proyecto”, nos comentó.
A partir de esa decisión, el proyecto dejó de ser solo una idea y pasó a convertirse en un verdadero desafío, no solo por el objetivo, sino también por los tiempos y las condiciones en las que debía llevarse adelante. Con apenas unos meses por delante, cada avance implicaba redoblar el esfuerzo y tomar decisiones que terminarían definiendo el resultado final.
“No me pude negar al amor de un nieto, así que cuando él me dijo que teníamos que hacerla, yo le dije que sí. El tema era que solo tenía tres meses y medio para hacerlo, y hay que tener en cuenta que el avión lo habíamos hecho en dos meses y un poquito más.
Cumplirle el sueño también fue un poco el mío, porque poder hacerlo me daba mucha ilusión y me llenaba mucho.”
A partir de ese momento, el proyecto comenzó a tomar otra dimensión. Lo que inicialmente había sido pensado como una estructura simple fue evolucionando a medida que avanzaba el trabajo, impulsado por nuevas ideas, el acompañamiento familiar y el propio entusiasmo por llevar la propuesta cada vez más lejos.
“Él en realidad me había pedido un auto para sacarse fotos con sus amigos, algo simple, con las ruedas soldadas, hecho con material reciclado, una estructura chica, no mucho más que eso. Pero cuando hice el chasis y vi que había quedado fuerte, junto a mi hermano y mi sobrino —que me cedieron su taller para poder trabajar y siempre me apoyaron y creyeron en mí— empezamos a pensar en algo más. Una vez terminado el chasis, lo miramos y mi hermano me dijo que podíamos ponerle dirección para que los chicos lo pudieran mover, y así, una cosa fue llevando a la otra: fuimos probando materiales, le dimos forma con telgopor, después lo plastificamos, y así logramos esa forma característica que tiene, tanto en la trompa como en la cola”, nos comentó.
A medida que avanzaba la construcción, el nivel de exigencia fue en aumento y el compromiso con el proyecto se volvió total, ocupando no solo las horas de trabajo, sino también el pensamiento constante en cada detalle.
“Tres meses y medio tardé. El proceso fue arduo, me dediqué de lleno desde que él me lo pidió. En el trayecto, cada día que pasaba lo íbamos perfeccionando más, haciéndolo cada vez más real. Al mismo tiempo, yo me iba entusiasmando más y la vorágine iba creciendo. Creo que en esos tres meses no dormí mucho, porque no solo trabajaba físicamente, sino que en mi cabeza todo el tiempo estaba pensando cómo mejorarlo”, nos comentó.
Detrás del resultado final también hubo un fuerte trabajo en equipo y un acompañamiento clave que permitió sostener el proyecto en cada etapa. Lejos de ser un camino solitario, la construcción se apoyó en la confianza, el respaldo y la motivación compartida dentro del ámbito familiar.
“Todo esto no lo podría haber hecho solo. Mi hermano Aldo y mi sobrino Matías, desde el primer momento, me ayudaron. Yo llegué a su taller con una bolsa de basura, porque era eso lo que tenía adentro: puros fierros y pedazos de madera. Llegué y les dije ‘de esto tenemos que sacar una Ferrari’. Sabían que era una locura lo que pretendía hacer, pero nunca se tiraron para atrás. Es algo que nunca me voy a olvidar, fue una experiencia inolvidable.”
Con esa misma convicción, Enzo fue avanzando en un terreno completamente nuevo para él, apoyándose en el aprendizaje constante y en la confianza en sus propias capacidades.
“La realidad es que yo no tengo experiencia armando motos o autos. Soy paisajista, fui tornero, pero esto fue todo un desafío. Lo fui haciendo paso a paso, teniendo fe en el proceso y en uno mismo. Y así fue tomando forma. Ahora, después de esto, siento que no le tengo miedo a nada, que puedo hacer lo que sea”, nos comentó.
En la etapa final del proyecto, los desafíos técnicos comenzaron a hacerse más visibles. La búsqueda de realismo y funcionamiento obligó a tomar decisiones complejas, tanto en lo estético como en lo mecánico, en un proceso marcado por la prueba y el error.
“Trabajamos con materiales que teníamos en casa: fierros, madera y cosas que fuimos comprando. Lo más complicado fue la pintura, parece mentira, pero fue así. Queríamos que se vea real, porque ya estábamos muy avanzados y buscábamos que el color fuera el que correspondía. Para eso nos ayudó una pinturería de la ciudad. Estuvimos mucho tiempo a prueba y error, porque es un color especial y no está a la venta.
Para el motor utilizamos uno de cuatriciclo, porque era el que necesitábamos, ya que tenía marcha atrás. Para eso también dedicamos mucho tiempo, porque el motor solo no se conseguía, así que terminé comprando un cuatriciclo y sacándole el motor. Cuando lo pusimos, también fue prueba y error, porque había que unificar todo y lograr que tuviera todas las marchas, así que se trabajó mucho en la parte mecánica.
El auto es completamente funcional: tiene frenos, cambios, una muy buena dirección y luces de stop. Puede andar por la calle. No tiene suspensión, por lo que puede llegar como máximo a unos 70 kilómetros por hora. No fue fácil encontrarle el punto, pero pudimos lograr que sea cien por ciento funcional”, nos comentó.
El momento de la entrega fue, sin dudas, el punto más esperado de todo el proceso. Después de meses de trabajo, esfuerzo y dedicación, la emoción encontró su lugar en un instante que quedará grabado para siempre en la memoria familiar.
“El día del cumpleaños lo arrancamos por primera vez, y era lo que soñábamos: que nuestro Benjamín pudiera tener ese auto que me pidió. Nunca pensé que un fierro me iba a emocionar tanto, fue muchísimo trabajo. No solo hice feliz a mi nieto, sino que también fui muy feliz haciéndolo para él. Cada vez que lo veo en el auto y damos unas vueltas, veo cómo se siente orgulloso, cómo saluda y toca bocina a sus amigos. Con el paso del tiempo, él lo va a apreciar cada vez más”, nos comentó.
La repercusión del proyecto fue otro de los aspectos que sorprendió incluso a su propio creador. Lo que nació como una iniciativa familiar terminó generando interés más allá del entorno cercano, despertando la atención de vecinos y propuestas desde distintos lugares.
“Nunca pensé que este proyecto tuviera tanta repercusión. Cuando lo comencé no imaginé que tanta gente iba a hablar de esto. Me están llamando de muchas ciudades para exponerlo en encuentros y exposiciones. Es muy loco, no lo puedo creer, porque nunca pensamos que todo esto iba a pasar. Nosotros lo hicimos para su cumpleaños, no era nuestra intención que la ciudad se entere, pero de igual manera lo disfrutamos mucho”, nos comentó.
La repercusión que fue tomando el proyecto también abrió nuevas puertas de manera inesperada. Actualmente, la réplica de Ferrari se encuentra en exhibición en el local de indumentaria deportiva Punta del Diablo, donde vecinos y curiosos pueden acercarse a conocer de cerca el resultado de este trabajo artesanal. La posibilidad surgió de forma espontánea, cuando Enzo se encontró con el dueño del local, quien al ver el auto le propuso exhibirlo en la vidriera para que toda la comunidad pudiera apreciarlo. Gracias a ese gesto, pudieron mostrar todo el trabajo realizado, algo que Enzo valora profundamente y por lo que se mostró muy agradecido.
El proyecto también adquiere un valor especial cuando se lo vincula con la identidad histórica de la ciudad. Campana, profundamente ligada al mundo del automovilismo, vuelve a ser escenario de una creación artesanal que conecta pasado y presente. En ese sentido, una frase que le compartieron a Enzo terminó de darle un significado aún más profundo a lo realizado: que Campana es la cuna del primer automóvil artesanal argentino y también del último. Esa idea lo marcó, porque refleja el espíritu fierrero de la ciudad y ayuda a entender por qué esta Ferrari no solo es importante para su familia, sino también para una comunidad que la reconoce y la valora como propia.
Más allá del resultado y la repercusión, el proyecto también tiene un fuerte significado personal para Enzo. La experiencia no solo estuvo marcada por el desafío técnico, sino también por una oportunidad emocional que, según cuenta, le permitió vivir algo que no había podido en otra etapa de su vida.
Luego de haber realizado este trabajo para su primer nieto, expresa una alegría inmensa al sentir que pudo demostrar de una manera concreta y profunda todo su amor. “Con mi primer nieto pude hacer todo lo que no pude hacer con mis hijos por cuestiones de tiempo, trabajo o la vida misma. Siempre tuve ganas de hacer cosas para los chicos, pero en esa época no se podía, era más dura la vida, y ahora con los nietos me estoy reivindicando”, nos comentó.
Lejos de marcar un cierre, la experiencia abrió la puerta a nuevos desafíos. El entusiasmo generado por el proyecto y el aprendizaje adquirido en el proceso despertaron en Enzo y su entorno las ganas de seguir creando y apostando a nuevas ideas dentro de este camino que recién comienza.
“Esto fue un incentivo enorme y apostamos a más. Ya tenemos otro proyecto en mente, un Lamborghini, y no nos vamos a quedar quietos; la diferencia es que ahora tenemos más experiencia. Es un mundo nuevo de pasión y construcción, y una vez que entrás en este mundo es muy difícil salir”, nos comentó.
A modo de cierre, Enzo dejó un mensaje que resume no solo su experiencia, sino también la filosofía con la que encaró todo el proyecto. Un mensaje que invita a animarse, a confiar en uno mismo y a transformar las ganas en acción.
“Para cerrar, me gustaría dar un consejo: si tenés ganas de hacer algo, preguntá, buscá ayuda y metele toda la pasión, porque si le ponés pasión a lo que hacés, todo lo podés lograr. Es impresionante cómo funciona la mente cuando uno ama lo que hace.
Todo va fluyendo casi sin darte cuenta para que las cosas se den, y cada día el entusiasmo es mayor. Por eso, si tenés ganas de encarar un proyecto, ponete a trabajar, no hay que quedarse con las ganas de hacer algo. No hay que arrepentirse de no haber hecho lo que te gusta, porque todo sale, solo hay que ponerle amor… y si es para un nieto, todo sale mucho más fácil”, nos comentó.
De esta manera, la historia de Enzo Di Lallo trasciende lo material para convertirse en un verdadero ejemplo de pasión, dedicación y amor familiar. Lo que comenzó como un simple deseo terminó transformándose en una experiencia única, capaz de emocionar no solo a su protagonista y a su familia, sino también a toda una comunidad que supo reconocerse en ese espíritu creativo y fierrero.
En una ciudad con profunda identidad automovilística como Campana, este tipo de iniciativas vuelven a poner en valor el ingenio, el trabajo artesanal y el legado que se transmite de generación en generación. Porque, más allá de la Ferrari, lo que realmente se construyó fue algo mucho más importante: un recuerdo imborrable, un vínculo fortalecido y la certeza de que, cuando hay amor y pasión, no hay límites para lo que se puede lograr.



