martes, marzo 10, 2026
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El celular sale del aula, pero la discusión todavía no llegó a Campana y Zárate

El Lic. Fernando Bonforti, consultor en gestión educativa y estrategia pedagógica, analiza el impacto del uso del celular en las aulas y plantea la necesidad de abrir un debate profundo sobre su regulación en las escuelas y las condiciones necesarias para enseñar y aprender en la actualidad. Mientras en distintos puntos del país el uso del teléfono celular empieza a ser limitado – o directamente prohibido – en las escuelas secundarias, en Campana y Zárate el tema sigue sin entrar de lleno en la agenda educativa local. Ya no se discute si el celular afecta el aprendizaje. Lo que llama la atención es que, sabiendo lo que se sabe, acá todavía no se discuta nada.

En educación casi nunca llegamos a tiempo. Cuando discutimos, generalmente es porque el problema ya explotó o porque se volvió imposible de disimular. Con el uso del celular en la escuela estamos en ese punto incómodo donde todos sabemos que algo no funciona, pero pocos se animan a decirlo en voz alta.

En las últimas semanas empezaron a aparecer noticias que confirman una tendencia clara. Escuelas secundarias – principalmente de gestión privada – decidieron prohibir o restringir de manera fuerte el uso del celular durante la jornada escolar. No solo dentro del aula, también en recreos, patios y espacios comunes. Las razones no sorprenden: falta de atención, bajo rendimiento, vínculos empobrecidos, ansiedad, aislamiento. Todo eso que los docentes vienen señalando hace años y que ahora empieza a traducirse en decisiones concretas.

No es una moda ni una cruzada moral. Es, más bien, una reacción tardía frente a un problema que se volvió estructural.

Una discusión que ya empezó… en otros lados

En algunos distritos bonaerenses los números hablan solos. Siete de cada diez escuelas secundarias privadas ya aplican algún tipo de restricción al uso del celular. En otros casos existen ordenanzas municipales que regulan su uso en primaria y debates abiertos para extenderlas al nivel secundario. A nivel provincial, el tema dejó de ser una ocurrencia aislada y empezó a formar parte de la agenda educativa.

Esto es importante aclararlo: ya no se discute si el celular interfiere con el aprendizaje. Esa discusión está saldada. Lo que se discute ahora es cómo se regula, quién define las reglas y qué rol asume el Estado para no dejar sola a la escuela. Y ahí es donde Campana y Zárate empiezan a quedar corridas de la escena.

Mucho ruido en las aulas, poco debate público

Revisar boletines oficiales, normativas municipales y comunicados institucionales deja una conclusión bastante clara: no hay, hasta ahora, políticas educativas distritales explícitas sobre el uso del celular en las escuelas secundarias de Campana y Zárate. No hay ordenanzas, no hay resoluciones, no hay lineamientos comunes.

Eso no quiere decir que en las escuelas no pase nada. Es muy probable que varias instituciones hayan avanzado con acuerdos internos, reglamentos de convivencia o decisiones pedagógicas propias. Pero todo eso ocurre puertas adentro, sin discusión pública, sin criterios compartidos y sin respaldo político.

Cuando el tema queda reducido a una norma interna, se lo trata como un problema de conducta. Cuando se lo discute a nivel distrital, aparece lo que realmente molesta: qué tipo de escuela queremos, qué lugar ocupa la tecnología y qué condiciones hacen posible enseñar y aprender hoy.

No es volver atrás, es ordenar prioridades

Cada vez que se plantea limitar el uso del celular aparece el mismo argumento: que la escuela no puede vivir de espaldas a la tecnología, que los chicos “son digitales”, que prohibir es retroceder. Pero nadie serio está planteando eliminar la tecnología de la escuela.

El problema no es el celular como objeto. El problema es la lógica que trae consigo: interrupciones constantes, estímulos diseñados para captar atención todo el tiempo, fragmentación del pensamiento y dificultad para sostener cualquier proceso que requiera concentración. Pretender enseñar en ese contexto sin poner ningún límite no es modernidad, es ingenuidad.

La evidencia es clara y cada vez más consistente: el uso permanente del celular baja los niveles de atención, debilita los vínculos, empobrece el aprendizaje y aumenta la ansiedad. No es una discusión ideológica. Es pedagógica.

El precio de no tomar decisiones

Cuando el Estado local no dice nada, la escuela queda sola. Y cuando la escuela queda sola, cada una resuelve como puede. Algunas avanzan, otras retroceden, otras miran para otro lado. El resultado es desigualdad, confusión y desgaste docente.

No decidir también es decidir. En este caso, es decidir que el problema se gestione en silencio, que cada institución se arregle como pueda y que el conflicto se acumule hasta que ya no tenga solución simple.

Campana y Zárate todavía están a tiempo de dar esta discusión antes de que explote. Antes de que el aula quede definitivamente atrapada entre la queja docente, la resistencia estudiantil y la presión de las familias.

Discutir en serio, no correr el cuerpo

Regular el uso del celular no significa prohibir por reflejo ni imponer recetas mágicas. Significa abrir una discusión seria, informada y local. Convocar a directivos, docentes, estudiantes y familias. Definir criterios claros, excepciones razonables y responsabilidades compartidas.

Significa, también, asumir que la política educativa no se agota en edificios, actos escolares o calendarios. Educar es crear condiciones para que el aprendizaje ocurra. Y hoy una de esas condiciones es recuperar la atención y el vínculo pedagógico.

El celular no va a desaparecer de la vida de los estudiantes. Pero la escuela tampoco puede resignarse a ser un espacio más de dispersión.

Cierre

La evidencia está a la vista y las experiencias se multiplican. Que en Campana y Zárate todavía no exista una posición pública, una política educativa local o al menos un debate abierto sobre el uso del celular en las escuelas no es una casualidad: es una decisión por omisión.

Mientras no se discute, el aula se fragmenta, la atención se diluye y la escuela sigue compitiendo – y perdiendo – frente a una pantalla diseñada para capturar cada segundo de interés. Mirar para otro lado no es neutral. Es dejar que el problema avance solo, a costa del trabajo docente y del derecho de los estudiantes a aprender en serio.

La pregunta ya no es si hay que prohibir o regular. La pregunta es quién se va a hacer cargo. Porque cuando la política educativa no decide, decide el algoritmo. Y el algoritmo nunca educa.

Lic. Fernando Bonforti
Consultor en gestión educativa y estrategia pedagógica

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