El jueves 13 de febrero nos dejó físicamente el Negro Correa, y esta ausencia nos hace recapacitar sobre la vida y sus propósitos. El Negro siempre tuvo una palabra de aliento para el que iniciaba alguna actividad artística. Era un luchador inquebrantable a la hora de defender sus ideas.
Tuvo una existencia rica en sentimientos y obras, donde esgrimió su condición de hombre probo y sincero. Debido a su constante labor educativa, concretó un definido contacto con los alumnos de las escuelas de la Isla y sus familias, logrando generar un vínculo muy estrecho con ellos. Hugo Enrique Correa fue una persona fiel a sus convicciones. Por medio de la música y de la enseñanza supo transmitir sus pensamientos y sus emociones.
Su experiencia de vida adquirida como artista y educador se ve claramente reflejada en su intensa labor. La búsqueda de la verdad y la belleza han sido abonadas por aquel que tuvo el poder de infundir a su obra toda la pasión interior, obteniendo el milagro de transformar su música en un lenguaje fuerte y expresivo. El Negro Correa siempre mostraba algo más: su calidad de ser humano, su bondad y su tolerancia. Entre sus labores cabe mencionar la actividad desarrollada en la actuación con su hermano Leo Correa, las tardes de campo y folklore en la estancia Santa Susana, las noches con artistas destacados en Flor de Lino, el éxito de Musicanto, su actuación en el Teatro La Rosa (su segundo hogar), el grupo Viento Norte y su presencia y su canto en la Biblioteca Jean Jaures.
A sus familiares y amigos los estrechamos en un emocionado abrazo que honre su memoria, recogiendo su legado y su compromiso con la vida.
Guillermo Guasconi



