Durante décadas, la educación fue presentada como la principal herramienta para promover la igualdad y la movilidad social. Aparece en los discursos políticos, en las campañas electorales, en casi todos los diagnósticos sobre el futuro del país. Sin embargo, un reciente informe de Argentinos por la Educación revela algo inquietante: cuando se consulta a los ciudadanos sobre los problemas más urgentes de la Argentina, la educación aparece recién en el séptimo lugar.
¿Cómo es posible que algo tan valorado ocupe tan poco espacio en nuestras prioridades reales? La distancia entre lo que decimos y lo que hacemos es el verdadero problema educativo argentino.
El dato que debería preocuparnos
Argentina suele definirse como una sociedad que valora la educación. La escuela pública forma parte de nuestra identidad colectiva, la universidad gratuita es defendida como una conquista histórica y pocas veces encontraremos dirigentes que se animen a cuestionar abiertamente la importancia de educar.
Sin embargo, cuando la ciudadanía es consultada sobre cuáles son los principales problemas del país, la educación aparece recién en el séptimo lugar. Por delante se ubican preocupaciones vinculadas con la economía, la política, el desempleo, la inseguridad y la corrupción.
La pregunta surge de manera inevitable: si la educación es tan importante como afirmamos, ¿por qué no aparece entre nuestras prioridades? La respuesta no es sencilla, pero constituye uno de los desafíos más profundos que enfrenta hoy el sistema educativo argentino.
La tiranía de las urgencias
Las sociedades contemporáneas viven sometidas a una lógica de inmediatez. Cuando el salario pierde poder adquisitivo, cuando aumentan los índices de inseguridad o cuando las dificultades económicas condicionan la vida cotidiana, es natural que esas preocupaciones ocupen el centro de la escena pública. Nadie puede cuestionar que la economía o la seguridad sean problemas reales.
Lo preocupante es que la educación haya quedado atrapada en una categoría diferente: todos reconocen su importancia, pero pocos la consideran urgente. Y en la Argentina de las crisis permanentes, aquello que no es urgente termina siendo postergado.
La educación se convirtió, de algún modo, en una prioridad declarativa. Todos coinciden en defenderla. Todos afirman que es fundamental. Pero cuando llega el momento de establecer prioridades concretas, siempre aparece algo más inmediato. Algo más visible. Algo más urgente.
Lo paradójico es que muchos de los problemas que hoy nos preocupan —la dificultad para generar empleo de calidad, la desigualdad, los obstáculos para incorporar tecnología, incluso el debilitamiento de la convivencia democrática— tienen una raíz educativa profunda. Queremos resolver sus consecuencias sin discutir sus causas. Intentamos corregir resultados sin transformar los procesos que los producen.
La naturalización del deterioro
Tal vez uno de los aspectos más preocupantes de los últimos años sea la capacidad que hemos desarrollado para acostumbrarnos a los problemas educativos.
Nos acostumbramos a los bajos resultados en lectura.
Nos acostumbramos a las dificultades en matemática.
Nos acostumbramos al abandono escolar.
Nos acostumbramos a las desigualdades entre escuelas.
Nos acostumbramos a que miles de estudiantes terminen la escolaridad sin las herramientas necesarias para seguir adelante.
Cuando una sociedad deja de sorprenderse frente a un problema, comienza a normalizarlo. Y cuando lo normaliza, deja de exigir transformaciones profundas. El riesgo más grande no es reconocer que existen dificultades. El riesgo más grande es asumir que esas dificultades son inevitables.
¿Quiénes se preocupan por la educación?
El informe aporta además un dato particularmente interesante. La preocupación por la educación es mayor entre los sectores socioeconómicos más altos y disminuye entre los sectores más vulnerables.
A primera vista parece una contradicción. Después de todo, son justamente los sectores populares quienes más necesitan que la educación funcione como un verdadero mecanismo de movilidad social.
Sin embargo, detrás de este dato aparece una realidad conocida. Quienes viven atravesados por problemas vinculados con el empleo, la alimentación, la vivienda o los ingresos suelen concentrar sus energías en resolver esas urgencias inmediatas.
No se trata necesariamente de desinterés. Se trata de desigualdad. Porque incluso la posibilidad de pensar el futuro suele estar condicionada por las necesidades del presente.
La insatisfacción también educa
Otro aspecto revelador del informe se relaciona con la percepción sobre las políticas educativas. Los niveles de satisfacción ciudadana se mantienen bajos y fluctuantes desde hace años. La educación no aparece entre las áreas mejor valoradas de la gestión pública.
Esto debería llamar la atención de toda la dirigencia política. No importa el signo partidario. No importa quién gobierne. La sensación de que los problemas educativos persisten atraviesa distintas gestiones y distintos contextos.
La ciudadanía percibe que la educación sigue esperando respuestas de fondo. Y probablemente tenga razón. Los desafíos educativos no se resuelven con anuncios aislados ni reformas de corto plazo. La educación exige planificación, continuidad y acuerdos que trasciendan los calendarios electorales.
Lo que celebramos y lo que postergamos
Quizás la principal conclusión que deja este informe sea la de una contradicción profundamente nuestra. Defendemos la educación. La valoramos. La convertimos en símbolo nacional.
Pero al mismo tiempo no logramos ubicarla en el centro de nuestras decisiones colectivas. La celebramos en los discursos. La postergamos en los presupuestos. La invocamos cuando hablamos del futuro. La olvidamos cuando discutimos el presente. Y en esa distancia entre las palabras y las acciones se encuentra buena parte de nuestros problemas.
El futuro también compite por atención
Hay una pregunta que atraviesa silenciosamente todo este debate ¿Qué ocurre cuando una sociedad deja de discutir seriamente su educación?
La respuesta no aparece de inmediato. No se refleja en una elección. No se observa en una estadística mensual. No genera una crisis instantánea. Pero llega.
Llega en forma de desigualdad. Llega en forma de oportunidades perdidas. Llega en forma de desarrollo frustrado. Llega cuando descubrimos que los problemas que hoy intentamos resolver podrían haberse evitado años atrás.
La educación tiene una particularidad que la vuelve incómoda para la política y para la sociedad: trabaja sobre el largo plazo. Sus resultados tardan años en aparecer. Pero también tardan años en recuperarse cuando se la descuida.
Por eso el verdadero problema no es que la educación ocupe el séptimo lugar entre las preocupaciones de los argentinos. El verdadero problema sería creer que ese lugar es suficiente.
Porque los países no hipotecan su futuro cuando discuten demasiado sobre educación. Lo hipotecan cuando dejan de hacerlo. Y ninguna nación puede aspirar a construir un destino diferente si el futuro continúa perdiendo la competencia contra las urgencias del presente.
Lic. Fernando Bonforti
Analista del sistema educativo argentino
Director de FB Educación & Gestión
Instagram: fb.educacion.gestion



