Estos días se lleva a cabo en Bs As, la 50° Feria del Libro y el 6 y 7 de junio se realizará la Feria del Libro de la ciudad de Campana, lo que me lleva a preguntarme: ¿Por qué escribimos cuando escribimos?
Cultura, arte, escritura, poesía, lenguaje. Escuchamos estas palabras por todos lados hasta que, de tanto repetirse, parecen perder filo. Pero en realidad ocurre lo contrario: se realimentan. Se vuelven capas de sentido que rara vez nos detenemos a desarmar. ¿Qué decimos cuando decimos cultura? ¿Qué invocamos cuando nombramos el arte? Y, sobre todo, ¿qué relación guarda todo esto con el acto —aparentemente simple— de escribir?
Desde una mirada antropológica, la cultura no es un adorno de la vida humana: es su forma misma. La palabra lo revela si se la interroga. Proviene del latín cultura, ligada a cultus: lo cultivado, lo cuidado, lo habitado. Y más atrás, en una raíz indoeuropea —kwel— aparece una idea inquietante: girar, revolver, ciclar. Un campo en constante trabajo. Un suelo removido una y otra vez.
Así entendida, la cultura es un entramado: un revoltijo fértil donde se entretejen historia, economía, lenguaje, vínculos, ritos y decisiones cotidianas. No es un objeto, sino un proceso. No es un conjunto de obras, sino un modo de estar en el mundo. Cada grupo humano cultiva —consciente o no— su propia forma de habitar, y en ese cultivo se diferencia y se reconoce. Hay tantas culturas como formas de vida, y sin embargo todas se tocan, como raíces que se cruzan bajo la tierra sin pedir permiso.
Sin embargo, en el uso común, solemos reducir la cultura a su dimensión artística. Decimos “cultura” y pensamos en libros, cuadros, música. Algo se ha desplazado allí: como si dentro de ese campo amplio hubiese crecido una especie dominante. El arte, en este sentido, ha ocupado el centro del concepto cultural como una hierba que avanza sobre el cultivo. No porque lo agote, sino porque lo vuelve visible.
El arte no es toda la cultura, pero es su zona de mayor intensidad. Es donde la experiencia se condensa, se vuelve símbolo, se vuelve forma. Mientras la cultura es el latido constante —ese fondo casi imperceptible que sostiene la vida social—, el arte es el instante en que alguien escucha ese latido y decide transformarlo en sentido. Es conciencia que emerge. Es el momento en que la respiración se vuelve lenguaje.
Aquí es donde la escritura entra en escena con una potencia singular.
Escribir no es simplemente registrar cultura: es intervenir en ella. Si la cultura es ese movimiento de raíces que crecen, se cruzan y se transforman, la escritura es una de las herramientas con las que ese crecimiento se vuelve visible y, a la vez, se modifica. Es una práctica que no sólo conserva, sino que reordena. No sólo transmite, sino que produce.
Por eso la pregunta persiste: ¿por qué escribimos cuando escribimos?
No alcanza con decir que escribimos para comunicar. Muchas veces escribimos sin un destinatario claro. O escribimos para alguien que no está. O incluso para alguien que no queremos que entienda del todo. La escritura abre un espacio extraño: permite decir lo que no podría sostenerse en la voz, lo que se desarma en el pensamiento puro, lo que se vuelve insoportable en el silencio.
Desde una perspectiva filosófica, escribir es una forma de pensamiento en acto. No pensamos primero y escribimos después: pensamos escribiendo. La palabra no traduce la idea, la construye. Cada frase organiza una experiencia que, antes de ser escrita, no estaba del todo formada. En ese sentido, escribir es una práctica de conocimiento, pero también de pérdida: cada elección descarta otras, cada texto es una forma que deja algo afuera.
Y, sin embargo, hay algo más primario aún. Algo que conecta la escritura con ese gesto ancestral de marcar. Como quien deja una huella en la pared, como quien inscribe un nombre en la corteza de un árbol. Escribimos para afirmar una presencia, para decir “esto ocurrió”, “esto me atravesó”, “yo estuve aquí”. No sólo registramos el mundo: nos registramos en él.
En este punto, la diferencia entre cultura y arte vuelve a ser clave. La cultura, en un sentido amplio, no es exclusivamente humana: otros seres también desarrollan formas de organización, transmisión y aprendizaje. Pero la escritura— introduce una dimensión distinta: la abstracción. La capacidad de tomar la experiencia y convertirla en algo que no es la experiencia misma, sino su forma simbólica. Y eso transforma nuestra especie en la única del planeta que puede hacerlo
Escribir, entonces, no es sólo parte de la cultura: es una de sus fronteras más extremas y la esencia misma de la humanidad no solo en su mecánica de escritura, si no en que es lo que se escribe. Allí donde lo vivido se vuelve signo. Donde lo inmediato se transforma en distancia. Donde lo real empieza a ser interpretado.
Pero esa operación no es limpia. Entre quien escribe y quien lee hay siempre un desfasaje. Lo que se escribe nunca llega intacto. Y, sin embargo, es precisamente esa falla la que hace posible el extrañamiento cultural.
Borges escribió: “un cabalista español dijo que Dios hizo la Escritura para cada uno de los hombres de Israel y por consiguiente hay tantas Biblias como lectores de la Biblia.”.
Porque lo que se transmite no es una copia, sino una transformación. Cada lectura reescribe. Cada escritura anticipa esa deriva.
Entonces, ¿por qué escribimos?
Tal vez porque hay algo en la experiencia que no encuentra otro cauce. Porque hablar no alcanza. Porque pensar no basta. Porque callar, a veces, pesa demasiado. Escribimos para trabajar ese exceso: para darle forma, ritmo, borde.
Pero también escribimos porque en ese acto ocurre algo singular: el mundo se vuelve, por un instante, legible. Y en esa legibilidad momentánea, algo de nosotros también se ordena, aunque sea de manera precaria.
Si la cultura es ese campo en constante movimiento, y el arte la conciencia de ese movimiento, la escritura podría pensarse como el gesto que intenta fijar —sin lograrlo del todo— una forma dentro de ese flujo. Un intento de detener el giro de kwel, aunque sea por una línea, por una página o por un grafema.
Y quizá ahí, en esa tensión entre lo que fluye y lo que se fija, entre lo que se vive y lo que se escribe, se esconda la respuesta más honesta: escribimos porque no podemos habitar del todo el mundo sin intentar, al menos, decirlo.
Porque no podemos ser parte del mundo y no entrelazarnos con él
No escribimos porque sepamos. Escribimos para ver qué aparece.
Y en ese aparecer —impreciso, parcial, siempre incompleto— tal vez se encuentre la razón más honesta: escribimos porque, mientras escribimos, algo de lo que somos se vuelve, aunque sea por un momento, visible.
Guillermo Fontes



