miércoles, abril 29, 2026
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Aunque el cielo esté gris, el sol sigue actuando

En estos días nublados, es común ver una escena que se repite: personas que incorporaron el hábito de cuidar su piel con protector solar, pero que aún no trasladaron ese mismo cuidado a sus ojos.

Al observar lo que sucede en espacios públicos, como la costanera de Campana, aparece un dato que invita a reflexionar: la gran mayoría de los niños que pasean con sus familias no utilizan anteojos para el sol ni gorros con visera que los protejan. La exposición comienza desde edades tempranas, muchas veces sin que se tome real dimensión del impacto que esto puede tener a lo largo del tiempo.

Existe una idea equivocada muy instalada: que, si el sol no se ve, no hace falta protegerse. Sin embargo, los rayos ultravioleta e infrarrojos atraviesan las nubes y continúan llegando a la superficie con una intensidad suficiente como para afectar los tejidos oculares.

A esto se suma otra creencia frecuente que escucho: muchas personas dicen que en días nublados no usan sus anteojos para el sol porque “no ven bien” o sienten que les oscurecen demasiado la visión.

Y esto no tiene que ver con el uso del anteojo en sí, sino con la calidad de los cristales.

Cuando se utilizan cristales que no son ópticos —como los plásticos teñidos que suelen venderse fuera de las ópticas— lo que ocurre es que bloquean la luz de manera general, sin discriminar las distintas longitudes de onda. Esto genera una visión más oscura y menos confortable, especialmente en días con baja luminosidad.

En cambio, los cristales ópticos con filtro adecuado trabajan de manera selectiva: filtran la radiación dañina y permiten el paso de la luz útil para una visión clara y confortable. Por eso, un anteojo de sol bien indicado puede utilizarse incluso en días nublados sin dificultar la visión.

Los ojos, al igual que la piel, reciben radiación de forma acumulativa. Esta exposición sostenida puede influir en distintas estructuras del globo ocular, como la córnea, el cristalino y la retina.

En el caso de los niños, el cuidado debería ser aún más riguroso. Sus ojos son más sensibles y permiten un mayor paso de radiación hacia el interior. Incorporar el uso de anteojos con filtro UV de calidad y complementar con gorros con visera es parte de un hábito de salud que debería instalarse desde los primeros años.

También es importante entender que no cualquier lente oscuro protege. La verdadera protección está en el filtro, no en el color. Por eso, es fundamental adquirirlos en ópticas habilitadas, donde se garantiza la calidad del producto y el asesoramiento profesional.

En este punto, cabe advertir sobre el uso de esos lentes con plásticos pintados en colores como amarillo, rosa o rojo, que suelen venderse fuera de las ópticas. Estos productos no son aconsejables, tanto en días nublados como —más aún— en días soleados. Intentan imitar el efecto de los filtros ópticos, pero no cumplen con esa función. Los verdaderos filtros trabajan de manera selectiva sobre determinadas longitudes de onda y son utilizados en situaciones específicas, como en ciertas actividades o en pacientes con baja visión y patologías oculares, siempre bajo indicación de un profesional de la salud visual. Utilizar estas imitaciones sin control ni calidad no solo no mejora la visión, sino que puede comprometer la salud visual y el globo ocular.

El cuidado visual no debería ser una reacción frente al sol intenso, sino una conducta incorporada en la vida cotidiana, incluso —y especialmente— en días nublados.

Antes de salir, así como pensás en proteger tu piel, pensá también en tus ojos.

Porque, aunque no lo veas, el sol está. Y tus ojos, lo sienten.

Judith Pizzatti

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