Sí, lo tenía como todos. Pero la mayoría no lo sabía: Pitrau. A él le bastó con su nombre: SIMÓN. El raro privilegio de ser conocido por el nombre está reservado, en nuestro país al menos, a algunos jugadores de fútbol, a divas del espectáculo o algunas personalidades políticas. Puede que Campana tenga otro, pero uno de ellos fue el “portero” de la Escuela Normal Eduardo Costa. Muchos fueron los que ocuparon ese puesto, pero no hay dudas que SIMÓN es el más recordado. Por propios y extraños.
De contextura pequeña, delgado, fanático de River Plate, se lo solía ver con su “Spica” en el estadio de Villa Dálmine, de anteojos con unos cristales que dejaban bien claro que tenía problemas de visión. Con su guardapolvo largón, gris, a veces descuidado, recorría cada rincón del edificio. Era difícil verlo sentado. “Paseaba” por las dos galerías con su escobillón y el aserrín que se desparramaba delante del mismo al inicio del día y luego de los recreos, prendía cada una de las pantallas que existían para calefaccionar el salón, manejaba con una seguridad absoluta un gran manojo de llaves de cada una de las dependencias porque no era que él entregaba la llave; acompañaba a quien la solicitara hasta abrirle personalmente cada una de las puertas.
Difícilmente haya salido de su boca la frase “esto no me corresponde”. Es que en “su estatuto”, solo había un único artículo: servicial y comprometido con la escuela. Estaba en cada uno de los eventos que se realizaban fuera de hora, durante los fines de semana para lo cual contento quedaba si se le entregaba su paga correspondiente y mejor tal vez. Si era con comida.
Trabajó en la Escuela Normal desde el año 1958, su mamá se llamaba Jacinta, era enérgica y vital, vivían en la calle Castelli, casi bulevar Sarmiento, lo trataba con mucho cariño, pero sin ninguna concesión haciéndole saber que tenía que ser disciplinado para todo. Tenían largas charlas a las cuales se sumaba su tía Juana.
La periodista Rina Casulli en el título de una nota a él dedicada, resumía lo que fue su vida “el trabajo fue siempre el motivo de su existencia” y agregaba “trabajó en la escuela desde 1958 cumpliendo estrictamente con su horario con su inseparable bicicleta que formaba parte de él” (…) Fue uno de esos personajes que esta ciudad nos dio. La misma Rina recordaba haberlo visto en uno de los corsos, “subido a una bicicleta y con un paraguas demostrando su ingenuidad al pretender que nadie lo reconocería”.
Como cada uno de nosotros, tenía sus días buenos y los que no eran tanto y fácilmente se percibía. Servicial y educado solía saludar con un “buen día señor, señora y/o señorita” y muchas veces dejaba bien en claro cuando no se lo trataba de igual modo.
Vivía solo, en condiciones muy limitadas, pero siempre agradecía con aquel que le proporcionara algo que mejorara su calidad de vida, sea ropa o un mueble.
Cuando llegó la edad de jubilarse, se negó a hacerlo porque él quería llegar a los “40 años de trabajo” ya que, “el ministerio le daría una Copa de Oro”. Como los deseos no siempre se cumplen en su totalidad. Llegó a los 40 de trabajo. En su obsesión por la Copa, en una de las fiestas de aniversario, algunos docentes le consiguieron “la copa” (que por supuesto no venía del Ministerio) cambiando el oro por un “bronce bien lustrado”. Pocas veces se lo vió tan feliz. Había logrado la meta y había obtenido lo que su fantasía había imaginado.
Meses después, al iniciarse su trámite jubilatorio y en uno de los viajes a La Plata, dos de las docentes que lo acompañaban se entrevistaron con el médico que le ayudaría a acelerar los plazos ya que no se encontraba en buen estado de salud. El médico le señaló “por los años trabajados le haremos una jubilación ordinaria”. Al escucharlo, Simón, con énfasis y en tono muy alto, le contestó “de ninguna manera. Con lo que yo trabajé. Quiero una de las buenas. ¡Porque ya tengo bastante con estas señoras que me regalaron una Copa que no era de oro…era bañada en oro!”
Algo más que “el portero de la Normal” (sin ser el único, pero por su trascendencia, pareciera) lo demuestra el hecho que en el año 1993 la CUCEI le otorgó la Orden de la Campana por su acción laboral.
En su paso por la escuela dejó en claro que nos recordarán por lo que hicimos y que, con el nombre, simplemente alcanza. Si no, que lo diga SIMÓN. SIMÓN PITRAU.
Profesor Andrés Suardini y Juan Cruz Fernández



