martes, febrero 3, 2026
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Soledad López y la construcción del deportista integral

El deporte puede ser un espacio de competencia, pero también un territorio de formación, vínculos y aprendizaje profundo. Desde esa convicción trabaja desde hace más de dos décadas Soledad López, profesora nacional de Educación Física, licenciada en Actividad Física y Deportes en la Naturaleza, deportista y autora del libro El Deportista Integral. Su recorrido combina experiencia en el alto rendimiento, trabajo pedagógico y una mirada que prioriza los procesos, la salud y la humanidad por sobre la urgencia del resultado.

“Trabajo desde hace más de 20 años en proyectos educativos y deportivos con un enfoque integral”, señala. A lo largo de ese camino participó en campeonatos mundiales abiertos de artes marciales y llegó a consagrarse campeona mundial. También se desempeñó como preparadora física e integró cuerpos técnicos de deportistas de Campana que alcanzaron instancias de selección argentina en disciplinas como taekwondo WTF, Optimist y lucha olímpica.

Con el paso del tiempo, su recorrido profesional se orientó hacia los deportes en la naturaleza. “Decidí dedicarme de lleno a los deportes en la naturaleza; disfruto del montañismo y compito en trail running”, cuenta. Hoy se especializa “en el entrenamiento de deportistas de montaña y en el desarrollo de trayectorias formativas desde la infancia hasta la adolescencia, integrando cuerpo, mente y vínculos, con una mirada pedagógica y profundamente humana”. Esa síntesis define su identidad profesional: “me considero una metodóloga deportiva con un enfoque integral, técnico-pedagógico y humano”.

Su vínculo con el deporte comenzó temprano. “Empecé en el deporte seriamente a los 8 años, cuando mi profe de la primaria me invitó a participar en un torneo intercolegial que organiza el Campana Boat Club para seleccionar talentos en natación”, recuerda. Desde el inicio, el agua fue un espacio natural para ella: “para mí el agua siempre tuvo magia”. Aquella experiencia derivó rápidamente en un camino de crecimiento: “competí, gané todo y me invitaron a formar parte del equipo promocional”. Mientras mantenía buenas marcas y compromiso con los entrenamientos, también accedía a una beca deportiva.

En ese proceso apareció una figura clave en su formación. “Ahí conocí a mi entrenadora, Sonia Castillo, que era una heroína para mí”, cuenta, y reconoce que desde entonces no pudo detenerse: “la natación fue mi primer amor y Sonia era mi modelo de entrenadora”. Más allá del rendimiento, destaca el clima humano que se vivía en el club. “Había ganas de superarse todo el tiempo, los más grandes nos ayudaban a entrenar y eran un ejemplo a seguir”. Ese acompañamiento integral se reflejaba en lo cotidiano: “entrenábamos, hacíamos la tarea y teníamos resultados positivos”. Incluso en los momentos difíciles, el disfrute seguía intacto. “Había días buenos, malos y otros increíbles, pero eso no nos frenaba. Yo disfrutaba nadar y hasta me gustaba hacer doble turno; para mí era un placer”.

Su formación académica se desarrolló en el histórico INEF de San Fernando, una etapa que recuerda como exigente y decisiva. “Estudiar ahí era una locura, se sentía la exigencia y había que sumar cuatro horas de viaje por día”, señala. Ese recorrido fue clave para consolidar su identidad profesional y, con el tiempo, también para cuestionar los modelos tradicionales de preparación física.

El primer quiebre llegó cuando advirtió que esos modelos no se ajustaban a todas las disciplinas. “La preparación física era apenas una materia optativa y todos los deportes se entrenaban igual”, explica. Ya enfocada en las artes marciales, comprendió que ese enfoque no era adecuado: “no tenía sentido correr cuando yo tenía que saltar, eludir y golpear”. Esa inquietud la llevó a buscar alternativas por fuera de los esquemas tradicionales. Tras entrenarse con un método distinto, logró consagrarse campeona mundial, experiencia que derivó en su llegada al CENARD. “Ahí estaba yo, embarazada de cinco meses, entrenando en el gimnasio del CENARD”, recuerda. Aquella etapa sería fundante y luego quedaría reflejada en su libro.

El vínculo con la montaña estuvo presente desde su infancia y se consolidó durante su formación en el profesorado, cuando aprendió a escalar y dio sus primeros pasos en el montañismo. Durante años fue un espacio de equilibrio personal entre estudio, trabajo y competencia, hasta transformarse también en su ámbito laboral, acompañado por el crecimiento de las carreras de orientación y del trail running. En ese recorrido, reconoce que “darme cuenta de que la preparación física que se enseñaba no aplicaba a todos los deportes fue un momento bisagra”, reflexión que influyó de manera decisiva en su mirada metodológica.

Para López, los deportes en la naturaleza no se reducen al rendimiento ni a la técnica. “Educar en la naturaleza es mucho más que organizar un campamento y cantar en el fogón”, afirma. Se trata, dice, de “mostrar una manera más conectada y consciente de estar en el mundo, que valora lo colectivo y transforma cada experiencia en una oportunidad de crecimiento personal y comunitario”. La naturaleza confronta, exige y también revela de qué somos capaces cuando confiamos en nuestras herramientas y en quienes nos rodean, aprendizajes transferibles al entrenamiento y a la vida.

Con el paso de los años, fue afinando una mirada que deja atrás fórmulas cerradas. “Cada ser humano es diferente y no hay una receta que sirva para todos ni para todos los deportes”, sostiene. En ese sentido, resume su práctica con una idea clara: “entrenar personas es entrenar con respeto, sensibilidad, responsabilidad y sentido”.

La necesidad de escribir surgió en un momento personal clave. El nacimiento de su primer hijo la llevó a preguntarse qué educación física se estaba transmitiendo a las nuevas generaciones y a reflexionar sobre el rumbo del deporte argentino. Allí advirtió que hacía falta “alinear el deporte y la educación física en pos de la salud y el desarrollo deportivo, sin perder la humanidad”. El impulso definitivo llegó tras una charla con Horacio Anselmi, quien la alentó a transformar esas ideas en un libro.

Así nació El Deportista Integral, una obra dirigida a docentes, entrenadores y estudiantes, que propone pensar el deporte como un proceso de formación humana. López remarca que “formar un deportista lleva tiempo; si lo apurás, hay muchas chances de que no llegue, de que llegue roto o de que dure poco”, y subraya el rol central de la pedagogía y los valores.

En su mirada sobre la formación actual, identifica desafíos que atraviesan lo deportivo y lo social. “Los desafíos aparecen en todos los niveles y de todo tipo”, advierte. Entre los más frecuentes menciona situaciones cotidianas: “padres que se enojan porque los hijos se rasparon o volvieron con un moretón, o que entienden una defensa en handball como algo agresivo”. En muchos casos, señala, “interpretan las cosas fuera de contexto”.

Otro punto sensible es el rol que asumen algunos adultos durante la práctica deportiva. “Hay padres que se apasionan demasiado cuando sus hijos juegan”, observa. A veces, en el afán de alentar, “a los chicos les da vergüenza”, y en otras ocasiones “dan directivas y terminan no dejándolos jugar”. Para López, equivocarse es parte del aprendizaje: “equivocarse está bien, es parte del proceso, pero a veces parece que estuviera mal”.

También advierte sobre la presión excesiva. “Otro tema son los padres demasiado exigentes; me han dicho ‘presionalo que él puede’”, relata. En esos casos, explica que “muchas veces los chicos terminan jugando porque los padres les exigen y no porque les apasiona”. Por eso subraya una idea central: “muchas veces los padres proyectan sus deseos en sus hijos y se olvidan de que son los sueños de los chicos, no los de ellos”.

A estas cuestiones se suman señales de alerta en el plano físico y actitudinal. “Veo poco desarrollo de la fuerza, bajos niveles de coordinación y sobrepeso en niños y adolescentes”, enumera. Además, nota “cierta pereza para esforzarse y sostener objetivos”, un aspecto que interpela a la formación y al acompañamiento adulto.

En un escenario donde el deporte suele quedar atrapado entre la urgencia del resultado y la lógica del rendimiento inmediato, la mirada de Soledad López propone una pausa necesaria. No para negar la competencia ni el alto rendimiento, sino para devolverles sentido. Su trayectoria —que cruza la experiencia personal, el alto nivel competitivo, la formación académica, la naturaleza y la escritura— construye una idea de deporte donde el proceso importa tanto como la meta y donde el cuerpo no se entrena separado de la mente, las emociones y los vínculos.

Desde esa perspectiva, entrenar deja de ser una simple acumulación de cargas o estímulos para convertirse en un acto pedagógico, ético y profundamente humano. Formar deportistas implica tiempo, escucha, paciencia y coherencia, pero también la capacidad de leer contextos, respetar ritmos y acompañar trayectorias diversas. No todos llegarán al alto rendimiento, pero todos pueden encontrar en el deporte un espacio de crecimiento, salud y pertenencia.

En tiempos donde muchas veces se confunde éxito con velocidad y exigencia con formación, su voz invita a repensar qué se entrena, para qué y desde dónde. Una mirada que no renuncia a la excelencia, pero que la entiende como consecuencia de procesos cuidados y sostenidos en el tiempo. Una convicción que atraviesa toda su práctica y que resume con claridad su manera de entender el deporte: del juego libre al alto rendimiento, sin perder la esencia.

El libro El Deportista Integral aún no se encuentra a la venta de manera formal, pero
quienes estén interesados en conseguirlo pueden comunicarse directamente con la autora a
través de su cuenta de Instagram @solelopez_training.

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